Viajar es huir. Lo hacemos creyendo que en otra parte del mundo no habrá ansiedad ni crisis ni culebras, recordándonos el pago de la tarjeta de crédito, ni vacunas ni pensiones alimenticias. Nos resulta más fácil cambiar de escenario que nuestra forma de vivir. Con tal de huir, nos sometemos a barbaridades dignas de ser denunciadas ante la Corte Internacional de La Haya. No por nada, luego de viajar, estamos tan cansados que queremos un viaje para descansar del viaje.
La penuria más engorrosa que nos hacen padecer al viajar es solicitar una visa. El primer mundo desahoga así la envidia que nos tiene por haber inventado el cebiche con maní. ¡Pero no importa! Somos una cultura resiliente. Si sobrevivimos al maltrato de la expareja tóxica, ¿cómo no vamos a derrotar a una embajada en su propio juego? Logramos cumplir con todos los requisitos requeridos para la cita, aguantamos la fila de malos tratos y hasta conseguimos los papeles que se nos piden a última hora. Al final, no importa si nos han dado la dichosa visa o no. El cebiche con maní seguirá siendo nuestro trofeo y su inalcanzable objeto de deseo.
Ahora comprendo que quienes optan por pagar a un coyotero no lo hacen por no tener la plata para huir del país. Hechas las cuentas, se trata de un servicio VIP. Para muchos, es preferible arriesgar la vida cruzando a pie el Darién, con tal de evitar al amargado de turno, encargado de estamparte la visa en el pasaporte.
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