Llegando al Ecuador me topé con una agradable sorpresa: el municipio guayaquileño decidió ponerle el nombre de mi papá a una calle, para honrar su trayectoria política.
Muchos confunden a mi padre con su hermano, Roberto Dunn Barreiro, quien fue dueño de SAN y Saeta. Cuando esas aerolíneas aún estaban operativas, muchos nos llamaban a pedir descuentos en sus pasajes. Tocaba disimular el cabreo, mientras en mi mente gritaba: “¡Es Saeta, no buseta, tacaño huevón!”.
A diferencia del tío Roberto, lo único que hizo mi papá como hombre de negocios fue quebrar una camaronera, pero su vida pública fue —como el patio de mi casa— muy particular. Liberal radical a rajatablas. Fue subdecano, embajador, registrador de la propiedad y superintendente de Bancos. Tengo una foto suya, presentando sus credenciales diplomáticas a Jean-Claude Duvalier, dictador de Haití y rockstar del vudú.
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