¿Qué podría escribir sobre las Galápagos que no haya sido escrito ya? Desde los piratas hasta Darwin, desde fray Tomás de Berlanga hasta la Baronesa, se ha dicho todo lo que se puede. Este archipiélago ha sido documentado hasta el cansancio, bajo la lupa de las ciencias. Pero veamos qué ocurre si lo hacemos usando el microscopio maldito del sarcasmo.
Lo primero que hay que reconocer es que, desde que uno llega a las islas, se siente como en una película de Hollywood: en Cocoon, para ser precisos. Por donde se mire, la mayoría de turistas calzan en la categoría de primer mundo y tercera edad. Ambos rasgos se denotan en sus arrugados rostros. Se parecen mucho a las tortugas gigantes que dan el nombre a las islas. Vienen a las Galápagos para celebrar sus segundas lunas de miel. Supongo que, en la intimidad, también se han de parecer a las tortugas que vienen a fotografiar.
Queda claro que las Encantadas no son Daytona, tampoco Ibiza. Los turistas jóvenes suelen venir ya emparejados, atraídos por el buceo y experiencias similares. Salvo esporádicos individuos, pocos vienen acá a ligar y, si lo hacen, siempre preferirán al personal endémico.
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