No hablemos del pana que aún no termina de pagarme una asesoría. Tampoco de la tóxica que cree que escribo sobre ella. Toquemos temas más elevados, ¿les parece?
En una de mis primeras lecturas sobre arquitectura, un colega argentino reflexionaba sobre la subjetividad de lo bello. “Para la madre que alumbra a un recién nacido, este puede ser la criatura más linda del mundo; solo por el hecho de haberlo engendrado. Esta apreciación de la madre puede darse, muy a pesar de que el neonato en cuestión tenga particularidades que no lo hagan agradable ante los ojos de los demás”. Cito aquella lectura, porque voy a hablarles de algo que a mí me parece el sitio más lindo de Quito, y que para muchos es un tugurio aberrante. Me refiero a mi barrio, La Mariscal.
Ella fue mi primer amor, cuando vine a Quito por primera vez. Llegué a los dieciséis años. Mi hermana y mi cuñado eran quienes —en ese tiempo— residían acá. Las casas estaban habitadas, aún impecables. Creo que fue en La Mariscal donde, por primera vez, este mono de montaña caminó sin el temor de ser asaltado o secuestrado. Había un almacén enorme de cedés, donde podía quedarme viendo y oyendo música por horas. También estaba la legendaria LibriMundi de don Enrique Grosse, donde uno podía ver todos los libros que quisiera. Lo conocí. La primera vez que se me acercó, pensé que me regañaría, como el viejo dueño de la librería que frecuentaba en Guayaquil: “¿Va a comprar o va a seguir leyendo gratis?”. ¡Pero no! Justo cuando iba a dirigirme asustado hacia la caja, él me preguntó si quería un café mientras revisaba los libros que me interesaban. ¡Hasta me ofreció un pedazo de torta! La Mariscal de ese tiempo fue el primer espacio en el que pude desplazarme sin paranoia y sin la presión de comprar todo aquello que tocaba.
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