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El primer mes del año es como el planeta Miller de Interstellar: un minuto en él se siente como si fueran años. En dicha película explican cómo la percepción del tiempo se ve afectada por la cercanía de un agujero negro con una masa incuantificable. Quizás esto explique por qué sentimos a enero más largo de lo que es. Seguramente, enero se sienta como un mes infinito, por toda la masa que adquirimos en las innumerables comilonas de Navidad y fin de año.
Esta premisa de que el tiempo es relativo la recordamos siempre, con cada salto entre diciembre y enero. A diferencia del primer mes del año, diciembre es un misil hipersónico norcoreano: pasa raudo y fugaz, sin tener certeza alguna sobre hacia dónde va. Entonces, después de tremenda montaña rusa con la que terminamos el año (si es que este no termina antes con nosotros), entramos agotados y con chuchaqui a un mes que se estira como chicle. Llegar a la primera quincena de enero es algo maratónico. Uno siente que el primer cheque del año demora lo mismo que la pensión del coronel Aureliano Buendía.
Más allá de las explicaciones cuánticas que Lenín Moreno pudiera dar al respecto, existe una razón fundamental que nos hace sentir a enero más largo que una telenovela coreana: no tiene feriados. Luego del primero de enero —día que muchos lo pasamos inconscientes o convalecientes— no hay un break que nos dé un respiro, hasta la llegada del Carnaval. Por ello, hago un llamado a la nación. Debemos establecer —al menos— un feriado en enero. Esto nos daría un respiro y nos permitiría recuperar algo de fuerzas, hasta llegar al Carnaval.
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