Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Y yo perdí, ¡maldita sea! No me pregunten por qué, pero regresé a Cumbayá. Dejé atrás mi hermoso departamento en La Mariscal, con su enorme terraza. Puedo excusar este desatino con frases como “lo hice por mis hijos” o “así recorto gastos en gasolina”. Lo cierto es que mis hijos y mis gatos están disfrutando de este cambio, pero yo no. Nuevamente, me veo rodeado de desperate housewifes, atletas compulsivos y adolescentes de mall, despreocupados de posibles pruebas antidopping. Disfruto una vez más de la achicharrante primavera eterna de los valles orientales, donde es más probable ver un ornitorrinco antes que una nube. Puede que suene raro, pero extraño mi pasado estilo de vida urbano, rodeado de edificios, esmog, eventos culturales e indigentes.
Ahora vivo en una comunidad cerrada por muros ciegos, de esas que son el paraíso de todo ladrón emprendedor. Seguramente, el arquitecto de este conjunto la tuvo muy fácil. Diseñó solo una casita, similar a una “cajita feliz” del McDonald’s y le hizo copy paste cien veces. Los colores y materiales usados en sus fachadas tienen un mensaje subliminal aterrador: “¡TE ORDENO QUE SEAS FELIZ, CARAJO!”.
Estas “casitas felices” también son mezquinas con los espacios. Mi actual residencia me queda apretada. Parece más hecha para minions que para una persona de mi estatura. Me hace sentir como cuando voy a Zara y me pruebo la camisa XL, pero que aprieta como si fuera una licra talla XS. Para que todos mis muebles quepan dentro de la nueva casa he tenido que jugar Tetris con ellos. Si giro el librero noventa grados, saldrían disparados por la ventana medio comedor, un hijo y dos gatos, y en la mampara posterior me saldría escrito Game Over.
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