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En la vida de todo docente universitario hay dos momentos clave. Uno es cuando decides vivir de la docencia; ya sea porque la investigación científica te apasiona, porque crees en inculcar conocimiento y valores a las nuevas generaciones, o porque te diste cuenta de que el arte no te dará de comer. El otro hito importante en la vida de un profesor es cuando decides hacer un doctorado. La realización de un trabajo doctoral es lo más parecido que hay a consumir ayahuasca: de pronto, uno encuentra epifanías y sabiduría infinita en las cosas más insignificantes, al tiempo que hace un montón de barbaridades, de las cuales luego se arrepiente.
Actualmente, estoy en la etapa 2 de desarrollo de tesis. La etapa 1 es cuando a todo el mundo le dices: “Estoy haciendo un Ph. D.”; y no haces ni miércoles. La etapa 2 es en la que te amaneces trabajando un montón de cosas, de las cuales solo te es útil 15 % para tu trabajo final.
En esta etapa se te acercan amigos a decirte: “¡Ay! ¡Yo también me muero de ganas de hacer un doctorado!”. Dentro de ti surge una voz, a la que le urge gritar algo como: “¡No, man! ¡No lo hagas! ¡Escoge vivir!”. Pero luego te das cuenta de que hablan desde su verdadero desconocimiento, como cuando alguien dice: “¡A mí me encantaría hacer parapente!”, pero luego pasa trece minutos esperando que la huesuda corte unas piolas y se lo lleve. Trato siempre de explicarles a estos amigos que, si se van a lanzar a la aventura de un doctorado, deben tener claras dos cosas: una es el tema. Se convertirá en lo que te persiga por el resto de tu vida. Puedes divorciarte, enterrar un cadáver de noche en la mitad de un desierto, abandonar a tu familia y no volverlos a ver jamás; pero nunca, nunca, podrás liberarte de tu tema de tesis. Lo otro que hay que tener muy claro es lo que realmente implica. Hay ataques de pánico, ansiedad; y lo más cabreante de eso es que son provocados por insignificancias. Pero en la cabeza de quien los padece, no haber agregado tres muestras más a un estudio estadístico parece ser causa suficiente como para que te humillen o te flagelen en una plaza.
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