Soy arquitecto, y me niego a hacer una reseña sobre el filme El brutalista. No lo he visto porque temo que sea una de esas obras para fanáticos, hechas para que los fans las conviertan en autopsia. Algo como lo ocurrido con Get Back, el documental de Peter Jackson sobre los Beatles. Debí alejarme por algún tiempo de los fundamentalistas de la beatlemanía, porque no paraban de decir cosas como “¿quién es el flaquito que está con George Harrison?”; “en la cara se le nota a Yoko Ono que aquel día no habían tirado”; “en el minuto 143 se ve cómo Ringo se saca un moco usando una de sus baquetas”, o “si escuchas con atención, te das cuenta de que Paul se tira un pedo y queda registrado en el boom. ¡Y se lo tira en mi menor!”.
Me frustra que, habiendo tantas anécdotas grandiosas en la historia de la arquitectura, el cine siga recurriendo a personajes ficticios. Eso es algo que odio más que a la típica vecina que le grita al marido, porque él no la hace gritar.
Desde el legendario Howard Roark hasta el vigente László Tóth, los arquitectos relevantes del cine han sido inventados. Solo en 2017 hubo un proyecto —lamentablemente no consumado— de llevar a la pantalla grande el romance entre Mies van der Rohe y Edith Farnsworth, interpretados por Jeff Bridges y Maggie Gyllenhaal, respectivamente. Esta fatídica historia de amor hubiera sido un éxito de taquilla. Todos los arquitectos hubiéramos pagado por ver a un miembro del gremio hacerle a un cliente lo que ellos hacen con nuestros presupuestos y honorarios, pero con amor.
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