Alegría murió hace dos semanas. Era la perrita de una amiga mía. Se llamaba así, porque llegó a la vida de mi amiga, justo cuando falleció su madre. En medio de semejante tragedia personal, esa perrita se convirtió en su única razón para volver a sonreír.
Ella sabía que la salud de su mascota estaba mal. Tuvo unas semanas de horrible incertidumbre temiendo que el veterinario le diga lo inevitable: “no hay nada más que hacer”. Cuando dicha sentencia fue puesta sobre la mesa, ella organizó el último día que tuvieron juntas. Vinieron familiares de otras ciudades, fueron con Alegría a jugar con alegría en un parque. Le dieron de comer su comida favorita; pollito cocinado en casa, junto con algunos otros bocadillos para perro. Luego de eso, fueron donde el veterinario. Alegría cerró sus ojitos, y el único dolor que quedó presente fue su ausencia.
De todo lo que hemos hecho como especie durante estos 20.000 años que llevamos existiendo sobre la faz de la Tierra; lo más humano y condescendiente que hemos realizado es dar una muerte así de digna a nuestras mascotas.
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