Gritos guturales, testosterona primate, descargas de energía atómica: en la mayor parte de la película Godzilla y Kong: el nuevo imperio, no hay diálogos entre seres humanos, sino golpes en el pecho peludo, amenazas mamíferas y vómitos de rayos X. La propuesta consiste en presentar a dos bestias pop viajando por dos mundos paralelos que al final se cruzan, como anuncia el título. Asistimos, con esa salvaje banda sonora y una batería de efectos digitales de última generación, a la destrucción del coliseo de Roma, las pirámides de Egipto y otros símbolos de la tradición cultural de la humanidad. La metáfora es pornográficamente evidente: el mainstream de los blockbusters se carga el canon. O, al menos, no muestra ningún tipo de respeto por las maravillas de la Antigüedad. Ni, por su supuesto, por la excelencia de la cinematografía contemporánea.
Como tantas otras películas de estos años inciertos, Godzilla y Kong podrá ser hecha con IA en pocos años. Tanto ese tipo de guion como esa calidad de imagen pronto podrán ser producidos por algoritmos generativos. El público mayoritario está siendo entrenado con datasets de películas y series de acción, superhéroes, romanticismos y criaturas abisales de narrativas esquemáticas y escenas espectaculares, de modo que cuando lleguen a los cines las primeras obras audiovisuales producidas sobre todo mediante modelos de lenguaje multimodales, diseñados para crear imagen en movimiento, la taquilla no sabrá diferenciar entre unos productos y otros. Porque las obras robóticas ya estaban en cartelera mucho antes de que llegaran las creadas por robots.
Las tres marcas fuertes en estos momentos en el mercado de la IA generativa tal vez sean ChatGPT, Gemini y Copilot. Sin duda, de las tres metáforas que, implícitamente, encontramos en esos nombres —la conversación del chat, el “géminis” o los “gemelos” del horóscopo y la figura del copiloto—, la más afortunada es la tercera. Más que buscar un diálogo falsamente horizontal o un oráculo vertical, debemos copilotar junto a los sistemas artificiales la creatividad y sus industrias, codo con codo. Y no delegar la responsabilidad de producir la oferta cultural en los humanos o estudios o plataformas que simplifican los relatos en series o franquicias, ni en las nuevas máquinas de generación audiovisual y narrativa. Porque ese camino solamente puede llevar a la multiplicación exponencial de monstruos narrativos cuyo rendimiento económico ha sido evaluado por el big data, ese otro monstruo, cuyas carnes y huesos y tendones están hechos de información, pura promesa de predecir el éxito absoluto.
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