A la hora que Quito entero se desparrama por las calles en busca del pan de cada día, Milo llega a casa tambaleando, abre la puerta con delicadeza de ladrón y caminando en el aire se desliza por el corredor rumbo a su búnker que, para colmo, está al fondo a mano izquierda. Entonces, la ve en el hall, sembrada como un árbol de otro mundo o como el dinosaurio de Monterroso que cuando te despiertas siempre está allí. Ojalá esté chispa, se dice, viéndola desde su borrachera que compendia tragos, par de grafitis venenosos en pleno congreso, folleo plural, expropiación y nieve, santa nieve hasta en la melena. Pero ella no está chispa sino resacada, insomne, con necesidad urgente de sacarse los demonios, de allí sus ínfulas de matona y, además, horrible dentro de su camisetón estampado con la imagen desteñida de The Doors, y los pelos desgreñados de la Joplin.
Me mira con una oblicua sonrisa aterradora como el diablo cuando pilla a Dios en la cama con Kinkón, y me examina cuerpo y vestimenta a velocidad de escáner casi hasta desvestirme. Por poco escucho el zumbido de su detector antidroga.
—¿Sabes una cosa, Pirata? —me dice con voz de fumona, clavándome su mirada vidriosa y trasnochada—. Se está cumpliendo mi pesadilla al pie de la letra.
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