1
Buenos días, pase adelante, por favor, dice la voz automática. Se abre la puerta y lo recibe el silencio habitual, levemente roto por un sollozo en alguno de los consultorios. Apegado al muro, se desliza hacia la sala de espera, habitualmente desolada, aunque esta vez se encuentra una niña. Un tanto turbado, toma siento en el lado opuesto, junto a la ventana. La niña hojea, casi sin ver, las revistas apiladas en la mesa esquinera. Tiburcio evita verla, pero cada vez sus miradas se entrechocan, provocando en la niña sonrisas involuntarias y nerviosas, que trata de esconderlas con ayuda de sus manecitas, una intempestiva taquicardia y sequedad en la boca. Quisiera abandonar la sala o, al menos, abrir la ventana. Cuando se pone de pie con ese propósito, irrumpe la madre de la niña, saliendo de consulta. La niña suelta las revistas y corre hacia su regazo entre sollozos. La madre ve a Tiburcio como si no lo viera y, tirando de la mano de su hija, abandona la sala.
2

Abre las dos hojas de la ventana en pos del aire otoñal. Pero lo que siente es frío y avista en la calle una neblinosa lluvia, súbitamente agitada por un desate de relámpagos. Es un absurdo, una insolencia de la naturaleza o un presagio de un mal mayor, piensa Tiburcio. La información meteorológica de esa mañana más bien anunciaba un pequeño hito primaveral. Cierra la ventana bruscamente como si escapara de algo. El silencio y la quietud, que instantáneamente invaden la sala, en lugar de prodigarle calma lo mantienen de pie, mientras le va ganando la decisión de marcharse. Nada de ello ocurre, pues la doctora Porcel, con su sonrisa espléndida, abre la puerta, justamente en su búsqueda.
Agitado, aunque protegido, se encamina detrás de ella. Quisiera atravesar el corredor con los ojos cerrados para no atisbar el resto de consultorios en los que ciertas siluetas, a su paso, parecen escabullirse. El consultorio de la doctora lo recibe igual que siempre, fresco, níveo, como si cada día lo pintaran nuevamente. Ella entra detrás, empareja la puerta con su espalda antes de correr el seguro que a Tiburcio le parece el sonido de un gatillo. Dos de las tres butacas blancas están ubicadas equitativamente distantes de aquella que la doctora ocupa. Son butacas en forma de cascarón, en las que Tiburcio, más que sentarse, se encapsula, y, a su costado, un sofá verde jade.
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