Al sentir en su lomo las palmadas, meció la cola y abrió un ojo. Abrió el otro, y bostezó leonamente antes de responder a su manera, qué ocurre don Leo, no ve que estoy soñando lindísimo. Tenemos que hablar, Tabureta, le dijo, pues así le apodaba por el asunto de las tres patas. Sentándose a la mesa con el jarro de café, le sintetizó el asunto: como tú sabes o al menos lo has olfateado, mis hijos me llevan a vivir con ellos en Palermo. Pues, yo le acompaño, dijo la Tabureta sin necesidad de palabras, sino ladeando la cabeza y mirándole como si nunca lo hubiera visto. Allá no se admiten perros rengos y peor viejos. Dicho en crudo, no tienes otra alternativa que volver a tu lugar natal que, si mal no recuerdas, es la calle. No pongas esa cara que yo no tengo nada que ver con esto. O es que quieres que te lleve a la peluquería, te tome fotos, te saque pasaporte y te compre una jaula acolchonada para que viajes conmigo. La Tabureta, del puro miedo de volver al infierno que seguía existiendo solamente en sus pesadillas, se escabulló bajo la cama y, al fondo, se convirtió en una pelota negra de ojos aterrados. Perremierda, no pongas las cosas más difíciles, le gritó don Leo, mientras buscaba la escoba. Por poco se le quiebra el espinazo cuando intentó arrastrarse como soldado en guerra debajo de la cama, hasta atenazarle de una pata y entre gemidos sacarla. Ya no jodas, carajo, le dijo en tono militar. Cerró las ventanas, puso candados en todas las puertas y con su maleta de ruedas se encaminó hacia la calle. La Tabureta, con el rabo entre las piernas, tuvo que salir y caminar al lado suyo. Cuando llegaron a la parada de taxis, don Leo se detuvo, le palmoteó el lomo y le despeinó las orejas una docena de veces. Así nos toca, así es esta perra vida, le dijo. Ni cómo darte algo de dinero ni de ropa, ni siquiera una caminera de ron, y como no soy mago no puedo convertirte en pájaro. Pero, aunque no creas, mil veces nos he imaginado caminando juntos, par de viejos, a través de campos, pueblitos, playas, hasta llegar al Gran Cañón. Pero yo ya no estoy en esa onda y más bien necesito un final menos perruno. Los claxonazos del taxi de turno cortaron la escena. Don Leo se irguió, advirtiéndole con un índice: cuidado con seguirme, Tabureta. Tirando de la maleta y sin volver la vista se encaminó hacia el taxi. La perra no dio un paso y, con el rabo arremangado, se quedó como estatua, mirándolo alejarse. De pronto, estiró el cuello como jirafa, el rabo se le despegó de la entrepierna y empezó a columpiarle y después a batirle como hélice. Por último, entre gemidos más bien gatunos, salió corriendo rumbo a la parada. Como si le azotaran, la Tabureta gemía, brincaba, giraba y golpeteaba con sus tres patas y hasta con sus tetas secas, el pecho de su amo. Ya, no jodas, no creas que te voy a llevar. Recuerda que cuando te encontré atropellada y moribunda te dije y te redije, perra pendeja, para qué quieres seguir viviendo. Y yo, también, pendejo, por haberte salvado. Así le iba recordando, mientras se encaminaban chocheando juntos hacia el veterinario del barrio.
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