La orientadora laboral es una mujer joven, pelirroja, bonita, que le remite a la Naomi Watts. Además, tiene una voz nictálope, de cantante de blues. Sabe que no conviene mirarla a la boca, pero cada vez termina buscando aquella voz entre los dientes levemente separados, como los de la Birkin. Tanto la mira o, mejor dicho, tanto esfuerzo hace en no mirar su boca, que ni siquiera toma en cuenta aquello que le explica. Sabe, desde luego, que le dice obviedades, repitiendo lo que todo buscador de empleo escucha y ha escuchado siempre, casi desde niño. Pero todo lo dice con su voz encantadora, aunque con cierta sorna, con cierto aire de experta que evidencia su condición de burócrata de base. Nada más quisiera cerrar los ojos y arrullarse con su deliciosa voz pero, como eso no es posible, mira a sus ojos plomizos, y al segundo siguiente ya está con la vista clavada en el movimiento de aquella boca.
¿Me ha comprendido?, le pregunta ella, con cierto tono seco, quizá de disgusto a causa de la incisiva manera de verla o porque para ella es evidente que no la escucha. La súbita pregunta lo descoloca, lo saca de la ensoñación.
Le encantaría contestarle que, en efecto, no ha comprendido, ya que le resultaba muy complicado concentrarse en sus palabras a causa del hechizo que le produce escucharla. Una respuesta así le ocasionaría una pila de problemas, pues, sería una falta grave, un posible delito de acoso. O, simplemente, podría disgustarle, reacción que a la final le sería perjudicial.
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