Nací sin ombligo, como decir con el wifi incorporado. El resto es fácil imaginarlo y, gracias a ello he llegado hasta aquí, que no es despreciable, como ustedes lo pueden ver. En ello me afano, sobre todo desde que Chía, para entonces el amor de mi vida, reencontró a su cuervo. Entonces me echó a la calle con mi chimbuzo de guerra y la guitarra folk que es carne de mi carne. Por último, se puso al volante y se disolvió en una lluvia espesa como algodón sucio.
Yo me senté en una piedra a la orilla del rectángulo baldío que había ocupado nuestra casa rodante. Misteriosamente, cesó de llover y la noche apareció cóncava y luminosa. Conté las estrellas hasta cuando me dolió la nuca. Después me puse a rasgar la guitarra y a mojarla de lágrimas. No sé cuánto tiempo canté, pero terminé afónico y con los dedos reventados, pero hasta cierto punto imbuido de una dicha extraña, como la de ser un personaje de bandes dessinées. Entonces, empecé a caminar rumbo a la legendaria ruta N312.
Un bólido negro pantera, verdadero lujo que nunca había visto, me paró unas treinta horas después. Lo conducía un tipo encapuchado, que fumaba pipa con pepa y no respondía a ninguna de mis preguntas. Por último, me dediqué a zumbarle la historieta de Unica Zürn, donde ella se deja someter por Hans Bellmer, un surrealista tan cruzado de cables que provoca en ella una creatividad sádica. Puedes callarte o te dejo en la siguiente gasolinera, me dijo el encapuchado, con una voz de serial thriller.
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