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Se diría que mis sueños me temen tanto, que apenas abro los ojos no saben dónde meterse, pues, a la manera de los kamikazes, se revientan y solo queda un manojo de pompas sin jabón. En cambio, tengo otros sueños de los que despierto sin recordar, pero que me ovulan, no sé si en la cabeza o en el pecho, algo así como un vacío, como el terreno yermo que dejan los circos al irse.
Con esa sensación, me baño, me visto, desayuno, tomo el coche, llego a mi laburo y transcurro el día, como decir con resaca de aquel sueño, no sé si fallido o, más bien, encasquillado. El asunto es que, al final del día, me siento exhausto y con la boca seca, sin una pizca de ganas de volver a casa. Ni siquiera busco el abrigo de un cine y prefiero zambullirme al fondo de un penumbroso bar o me echo a rodar como taxista sin carrera por esta desangelada ciudad, incluidas las barriadas tenebrosas. Hasta que, en el baño del bar o en un semáforo o al abrir la puerta de mi búnker, como un fogonazo en la cabeza, se me devela el maldito sueño.
Ineluctablemente, se trata de una pesadilla carne de mi carne. El silencio de la infancia, el huerto enmarañado, la viga, las muñecas sin ojos, los aullidos del tío Alejo. Desde luego, no pesadillas ordinarias, sino de aquellas a las que acude el loco del Stephen King. A partir de ese momento, la maldita pesadilla se instala en mí, como en su fundo, durante noches crispadas de insomnio, tragos y otros excesos; y, en el día, acidez, temblequeo, taquicardia, un solapado miedo o repudio a todo mundo, empezando por mí. Incluso, el proyecto postergado de adquirir una cajeta de balas para el fusil que olvidó mi padre, cuando en puntillas salió de casa llevándose el perro y sin despedirse de nadie.
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