Una madre buena onda era la Beba, quien despilfarró su vida en la espera del capitán Garfio. Tú no lo amas, mamacha. Tú tienes otro lío, algo así como una onda estocolmiana. Así, le decía Milo, claro que entre güiskis, porque en sano ni siquiera se decían hola. No jodas, le contestaba ella, expeliendo humo como vaca al amanecer. Tú no sabes ni limpiarte la nariz, ya me contarás cómo te va en la vida que recién empiezas, y al revés.
Total, el capitán Garfio murió en su ley, que fue la usura y no precisamente diurna. La Beba, entonces, se dedicó al mutismo, a arrancarse las pestañas y al güiski. Sería la falta de sol, el inventario de la vida y, en sí mismo, el duelo, que en poco tiempo adquirió un aura de fantasma, que deambulaba por la casa en pijama y hablaba a susurros con sus enjaulados canarios. Hasta que un día plegó las cortinas, abrió las ventanas, se bañó cantando como antaño y puso al horno un pichón de pavo con berenjenas. Había terminado su duelo y, para que de ello no quedara duda, comunicó a Milo su decisión de emigrar a Boston, donde vivían sus dos hermanas.
Un mes más tarde y casi sin despedirse se encaramó en las nubes. Milo, de pronto, se convirtió en el rey absoluto de la casona, que la convirtió en antro de grafiteros, roqueros y vampiros. Año y medio después, la tía Tula llamó a Milo para ponerle al tanto de que su madre andaba muy mal. A veces se baña vestida y llora hasta llenar la bañera. El sábado anterior se la encontró en la calle, descalza y con el abrigo abierto como sola ropa. Ayer se comió un pollito recién salido del cascarón, así, crudo, emplumado y piando.
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