Al comienzo, la tos del octavo piso me mantenía en vela toda la noche. Era una tos seca y porfiada, como los esfuerzos por encender un motor y que de pronto se violentaba en una explosión que parecía a punto de reventar tráquea, bronquios y pulmones. Después venía una pausa de silencio absoluto, antes de arremeter nuevamente.
En un principio tuve la tentación de mudarme a otro departamento o volver a los temidos somníferos, pero no opté por ninguna de las dos alternativas, pues, cosa de dios, la tos terminó integrándose a la mezcolanza de ruidos nocturnos que, digamos, me arrullaba. Las sirenas, los claxonazos, el zumbido perpetuo de la molinera, las voces y risas de los ebrios callejeros, incluso esporádicos gritos de dolor o terror que viajaban en el cielo nocturno, quién sabe desde dónde.
En la madrugada del reciente viernes, irónicamente, me despertó la repentina y total interrupción de la tos. Dentro de mi sueño y su concierto de ruidos, seguramente esperaba que se reanudara, como era su costumbre, pero, al no suscitarse, poco a poco fui despertando y, con la expectativa de volver a escucharla, continué despierto hasta que el sol se encaramó a mi cama.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


