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Primera noche en la nueva madriguera. Tiene un sofá cama, un escritorio de madera de pino que consiste en una plancha larga, de superficie amarilla y trípodes rojos; algo tiene de gallo en un rincón del corral. Arrumados contra la pared y dispuestos sobre esta plancha tengo unos treinta libros que tomé al paso, cuando cruzaba el campo de batalla. Al azar —casi para abanicarme ya que el calor es insoportable— tomo El libro del desasosiego de Pessoa. Me salta a la vista un párrafo que me resulta un whisky en las rocas: “Soy los alrededores de una ciudad que no existe, el comentario prolijo a un libro que no se ha escrito. No soy nadie, nadie”.
Las dos y treinta de la mañana en el hemisferio. Tomo una ducha hasta vaciar el tanque y de paso el corazón. Tiendo una sábana flamante, estiro mi flaca desnudez sobre ella, pero me yergo como un resorte al ver un imponente escorpión escabulléndose desde una almohada. Estampo a Pessoa sobre la sábana, levanto la almohada, pero el bicho escapa. Muevo el sofá cama, la mesilla de noche, muevo todo. Yo sé que está cerca, retorciéndose de risa ante mi estúpido miedo. A las cuatro de la mañana, con ayuda de un Lexomil, duermo soñando en que mi refugio es una reserva de escorpiones y ratas. Yo estoy en el interior amordazado todo el cuerpo con cinta masking, salvo los ojos.
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Agenda matutina: ir a la oficina de Vivienda con mis documentos (he amanecido con ganas de hacer hoy lo que debería hacer a fin de mes), comprar un insecticida, un filete de pescado y un paquete de cerveza. No sé, pero tengo la sensación de que mi cuello se sigue encogiendo.
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