En kichwa quiere decir ‘abandonado’ o ‘que te dejen ahí, solito’. Le pregunté a Esteban Farinango por qué le puso ese nombre a su álbum y me respondió que porque se pasa solo haciendo música. No lo dijo como un lamento. Habló de gente que entra y sale de su vida. Hizo referencia a la portada, donde aparece la imagen de un joven indígena con sombrero y poncho azul, íngrimo, bajo los volcanes, unas largas manos surrealistas tratando de aferrarse al pajonal y a la tierra.
Esteban Farinango firmó el disco con el alias Malafama, una de varias manifestaciones de su trabajo creativo. Es de Imbabura y, como mucho de lo que sucede en esa provincia, tiene sus pies parcialmente puestos en el exterior. Él y su sonido son cosmopolitas. Un bello arreglo entre sintetizador, introspectivo, beats dispersos y una reunión familiar alrededor de la fogata, en una noche iluminada, cuando en su entorno inmediato hay puro músico talentoso.
Violines y bombos, chispas digitales, sonidos capturados de la naturaleza, marimbas, ululatos y otros cantos festivos. Ritmos que se abren, te abrazan y te hacen sentir bienvenido.
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