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Jichushka

por Salvador Izquierdo

Jichushka
® PORTADA MALAFAMA / JICHUSHKA.

En kichwa quiere decir ‘abandonado’ o ‘que te dejen ahí, solito’. Le pregunté a Esteban Farinango por qué le puso ese nombre a su álbum y me respondió que porque se pasa solo haciendo música. No lo dijo como un lamento. Habló de gente que entra y sale de su vida. Hizo referencia a la portada, donde aparece la imagen de un joven indígena con sombrero y poncho azul, íngrimo, bajo los volcanes, unas largas manos surrealistas tratando de aferrarse al pajonal y a la tierra.

Esteban Farinango firmó el disco con el alias Malafama, una de varias manifestaciones de su trabajo creativo. Es de Imbabura y, como mucho de lo que sucede en esa provincia, tiene sus pies parcialmente puestos en el exterior. Él y su sonido son cosmopolitas. Un bello arreglo entre sintetizador, introspectivo, beats dispersos y una reunión familiar alrededor de la fogata, en una noche iluminada, cuando en su entorno inmediato hay puro músico talentoso.

Violines y bombos, chispas digitales, sonidos capturados de la naturaleza, marimbas, ululatos y otros cantos festivos. Ritmos que se abren, te abrazan y te hacen sentir bienvenido.

Yo me enteré de Malafama por mi amigo Quixosis y porque apareció en el portal de música Pitchfork, del cual he sido adicto unos… ¡más de diez años! Lo reviso casi a diario para estar al día en producciones musicales y gozar de lecturas inteligentes sobre músicas provenientes de diversas geografías y épocas. Bajando por un artículo que anunciaba joyas recientes que quizás pasaron desapercibidas, entre un rapero de Chicago y metaleros experimentales de San Francisco, estaba el disco andino de un ecuatoriano. La persona que hacía la reseña destacaba su “belleza serena”.

Lo vi en una de las pocas presentaciones de este disco en Quito. Fue una experiencia inmersiva que me recordó el potencial de la música en vivo. En alguno de los temas lo acompañó Luis Sigüenza, un monstruo local del saxofón. Y me hundí en la mezcla. Me sentí cercano, bailando sobre la pista, solo, abandonado, jichushka, qué deleite.

Hace poco, conversando con Esteban, me contó que prepara un nuevo EP, nombrado, por ahora, Río Cayapas, en alusión a lo fluvial y a la Reserva Ecológica Cotacachi-Cayapas que se extiende detrás de la laguna de Cuicocha, insondable. Dos de los temas aluden a la parroquia rural de Telembí, por lo que se entiende que la intención es que la música se despliegue como un mapa abierto.

El sonido es fruto de esa unión fantástica entre ritmos afros, indígenas, europeos y estadounidenses. Empieza con cantos nativos que se disparan hacia adelante y a todos lados, empujados por beats que aparecen súbitos, a toda velocidad, distorsiones que se expanden y luego contraen, como una máquina indecisa. Notas industriales se fusionan con lo más artesanal de una percusión y un instrumento de viento (¿la hoja de ficus?). En su momento, los músicos de Ñanda Mañachi (‘Préstame el camino’) y el productor francés Chopin Thermes exploraron sonidos similares con resultados muy distintos. Esto es una actualización del territorio, te aplasta a ratos, se mueve.

En medio de su intensa labor creativa, Malafama prepara giras internacionales. Dice que no soporta estar mucho tiempo en ciudades grandes, pero con frecuencia pasa por Nueva York, donde, además, se crio, en los nada fáciles colegios públicos del Bronx. Hijo de migrantes, migrante él mismo, vivió en Quito mientras estudiaba Música en la universidad. No se halla. Pero sobre todo no se queda quieto, explora, y asusta imaginarlo acelerando los ritmos, endiablado, doblando botones de la consola.

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Acerca de Salvador Izquierdo

Escritor, co-fundador de Editorial Festina Lente y actualmente Decano de la Escuela de Formación General de la Universidad de las Américas. Su último libro se llama Cómo estás?
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