1.
Jornada normal para octavo día en el Archivo Nacional. He sido ubicado al margen de los cuarenta mecanógrafos y sus escritorios, lo cual es un alivio. Yo, solísimo, ocupo un ángulo lleno de vetustos archivadores atiborrados de documentos, que cuelgan como lenguas o están regados en el piso. A mis espaldas se estira un penumbroso espacio que, conforme se oscurece, parece la entrada de una cueva o de un ámbito apto para rodar un remake de Reservoir Dogs.
Mi escritorio es una mesa metálica verde clorofila y, sobre ella, una máquina de escribir partes de guerra, marca Torpedo. Una reliquia con teclas redondas como botones de abrigo de mariscal. Lo incongruente en ella es su rodillo que cruza a través de casi toda la mesa. Y, lo más bello, su escritura fina, ondulada, perfecta, como para escribir edictos reales o poemas modernistas.
A las doce y media todos salen al almuerzo y vuelven a las dos de la tarde. En ese intervalo aprovecho para ir al baño, pues desgraciadamente está ubicado al extremo opuesto, lo cual significa que debería pasar delante de los miles de mecanógrafos. Si quiero mantenerme invisible, no puedo ir al baño durante las horas laborables. Es ridículo pensar que usando una máscara pudiera cruzar hacia el baño, en medio de todo el mundo (tengo siete máscaras al fondo de la segunda gaveta y, en mi casa, unas diez más).
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