1.
Anoche soñé en Zelón de Lea, no sé por qué. Era verano como ahora y varios amigos en un ambiente de paseo dormían en una cama general enorme. Mi mujer y yo dormíamos en otra parte de la habitación. Lo cierto es que, de entre los cuerpos dormidos, se irguió Zelón. Tenía el torso desnudo empapado de sangre, pero aludió a un dolor insignificante. De pronto, el sueño enfocó el pecho del chino en el que se puede ver una abertura diagonal y abierta, como un mal abotonado chaleco. La sangre era un torrente. Después de haberlo llevado con urgencia a un hospital con la sensación y la angustia de que estaba de muerte, apareció el chino caminando. Nos mostró su pecho donde con dificultad se advertía la cicatriz que era la sola prueba de su percance. Sin embargo, había algo de tragedia en su rostro. Algo de zombi. No me vengas con cuentos, tú estás muerto, le dije. Zelón empezó a sollozar como si se hubiese contenido toda la vida. Mi mujer lo abrazó y los dos estuvieron llorando por lo menos una media hora, dato en el que no hay que confiar porque en los sueños el tiempo no se cuenta así (quién sabe si abrazados lloraron una década. Quién sabe si, mientras lloraban abrazados una década, por abajo estaban follando). Mientras tanto, yo me apoyé en el alféizar y me pasé mirando el desfile de gentes, todas conocidas, todas muertas.
2.

No tengo ninguna convicción. En cambio, sufro de insomnio. Sufro del estómago. Sufro de incertidumbre. Sufro de extenuación. Sufro de zapatos y de lentes y de dientes. Escribo con una mano. Con la otra me acaricio el sexo sin pretensiones de ninguna índole, aparte del tacto. El sexo es plastilina pura que, a veces, sin necesidad de aditamentos, se vuelve un ángel de piedra.
3.
Yo soy el hacedor de epitafios. Mi primer epitafio lo hice a los nueve años. Lo dediqué a mi padre pese a que estaba todavía vivo: “Aquí reposa una araña que nunca conoció techo. Pataleó hasta con la boca, pero jamás en su larga vida pudo elaborar una simple telaraña”.
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