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Grageas para caminar en el aire

por Huilo Ruales

Grageas para caminar en el aire
Ilustraciones: ® MIGUEL ANDRADE

1

Guardó su vergüenza como le fue posible e imposible. Vomitaba hacia adentro, saciaba su feroz apetito comiéndose las uñas, se untaba achiote para esconder la lividez de sus mejillas. Y, sobre todas las cosas, se amortajaba con una tela metálica a la altura del vientre. Pese a ello, llegó al final del túnel sintiendo con espanto el progresivo y secreto corcoveo. Un amanecer, en el piso de azulejos del baño, expelió entre grasa y sangre la temida criatura. Esta, sin perder un segundo, giró la cabeza y, abriendo la boca con total desmesura, devoró a su madre. Entonces, desplegó las alas cerdosas y salió volando por la ventana.

2

He estado a punto de dormirme de pie. Incluso el libro se cayó de mis manos y con un estrépito lentísimo. Recojo el libro y lo ensarto en el bolsillo siniestro de mi abrigo de guerra. ¿Cuánto tiempo hace que no duermo en una cama? ¿Cuánto tiempo hace que no tengo horizonte? La vida me ha devorado todo con sus dientes de perra. Estoy harto de amar en los libros y bajo la lluvia. Pero eso es otra historia para otro momento. Lo importante es aquello que me ha ocurrido esta tarde. En un relato de Melville, un tipo llamado Bartleby vive, al igual que yo, en la oficina donde trabaja. Este detalle me ha llevado a pensar que quizá soy un personaje atrapado en la trama de una novela que se está escribiendo o que ha quedado trunca. Mientras finge trabajar como todo mundo, un insignificante burócrata prepara un atentado simple y colosal. Para ello ha desarrollado una destreza que va puliendo a diario hasta lograr tal nivel de perfección que, si alguien lo viese, creería que se trata de un número de magia.

Grageas para caminar en el aire

El personaje soy yo, por si fueran a olvidarlo. Mi acto de magia consiste en que, a plena luz del día, atrincherado en medio de los 59 mecanógrafos, dejo de teclear y sin que nadie se percate resbalo de mi sillón hasta asentar mis rodillas en el piso y, antes de que ningún ojo humano alcance a percibirme arrodillado y con la frente casi besando la gaveta central de mi escritorio, me recuesto de lado y repto por debajo, un tanto a la manera de un soldado en pleno tiroteo, y, segundos después, ya estoy encapsulado como en una nave espacial debajo del escritorio, y, por completo, separado del mundo. ¿Dónde está el mecanógrafo tres? ¿Han visto al mecanógrafo tres? ¿Alguien sabe si vino hoy? Así se preguntan, mientras me buscan, a veces por simple curiosidad, a veces porque me necesitan. Y me insultan. Me calumnian. Mienten. Y yo, allí, a un paso, mirando la suciedad de su calzado. Oyendo la suciedad de sus bocas. Y después ya no escucho nada, porque en mi escondite estoy releyendo, sobrecogido, la historia de Bartleby, el escribiente.

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Acerca de Huilo Ruales

Escritor ecuatoriano cuya obra abarca todo tipo de estilos, desde la novela, crónicas, teatro, poesía, cuentos y microrrelatos. Es considerado uno de los escritores contemporáneos más importantes del país; sus obras han sido traducidas al francés y alemán.
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