1. Ya es tarde, por fin
El cansancio de la noche se atisba en el horizonte. Me empapa una tristeza extraña, como una inmensa desilusión transmitida por la sangre. Una desazón coral, como la que sentiría un puñado de niños pandilleros, atravesando la ciudad sin armas, sin alma, sin ninguna rabia. Una desazón, como la enorme mariposa negra de la infancia, que emergió del espejo ovalado y muerta de cansancio se posó en mi pecho. Me hace falta la infancia de manera irresponsable. Como si fuera una mano perdida en un accidente de trabajo. Evoco de ella lo que no fue, lo que debía haber sido. Nunca aprendí las buenas costumbres del olvido, aunque oigo cada vez más cerca el galope de los caballos que no existieron jamás. Soy como una casona maltrecha por el tiempo, que nunca fue habitada.
2. El averno parisino
A medianoche se abren las compuertas del infierno. Hablo de París. De sus intestinos. Del metro y su dédalo de túneles, andenes, socavones, salpicados de cuerpos dormidos o ebrios o drogados. Y de alguna cantante punk strak snif haciendo la manga, y, claro, de los últimos trabajadores migrantes, agotados y dignos, esperando el metro para volver a casa. Y de los nictálopes aún enfiestados en los andenes. Y, sobre todo, de las criaturas que surgen desde la oscuridad de los túneles, por donde irrumpen o desaparecen los trenes. Esporádicos espectros que alguna vez fueron humanos y ahora son pesadillas escapadas del infierno. Uno, de calavera verdosa arrastrando sus pies en un par de botas abiertas como hocicos, la vestimenta almidonada de mugre y sangre seca, el esqueleto incomprensible. Al final de uno de sus brazos un embrollo de dedos tumefactos, y del hombro colgando una manga buscando por el andén su brazo perdido. Gimiendo como ánima, se desplaza rengueante hacia la gente diseminada en el andén. Maudi, ese es el solo terminajo que conoce, que no ha olvidado. Maldito. Se aproxima a la gente y escupe esa sola palabra expelida por su boca de caverna sin luz. ¡Maudi!, ronca, como si estuviera enterrado o emergiera en ese instante del infierno. Como si su condena fuese ir y venir por las cloacas del metro pronunciando Maudi, hasta la eternidad. Quién sabe, con ese anatema, va y viene desde las tinieblas de hace un siglo, sin dar ni siquiera con su muerte. A sus costados, una mujer esquelética y casi calva, busca colillas en el andén, en los basureros. De manera intermitente suelta una carcajada que es más bien un gemido de otro mundo. Detrás suyo, como otro elemento de la misma pesadilla, un espectro gigantesco, enrollado de mantas sucias y el rostro suprimido por la maleza grasienta de su pelo, ladea pasajeros y entra en los vagones de la medianoche.

3. Fin del duelo
Una vez, al cruzar el Pont des Arts, vi una anciana de impermeable blanco, que con inusitada destreza se encaramó en la baranda, tiró su bastón al agua y detrás, ella. Era verano. Eran las nueve. La noche aún no llegaba, pero cuando la anciana se lanzó del puente, oscureció de golpe. Al día siguiente abrí los ojos y el duelo por la pérdida de mi trabajo literario se había terminado.
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