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"Escribivir" en cuaderno nuevo

por Revista Mundo Diners

Cuaderno nuevo
Ilustraciones: Miguel Andrade.

* Yo estuve en la última parte de una novela que se perdió. Al igual que se me perdió un hada. Venía ella de salir del infierno con el vestido blanco en jirones y la belleza estrujada. Yo la salvé. Yo. La. Salvé. Yo, demasiado tarde. Ella, demasiado temprano. Y la perdí. Y me perdí. Y se perdió. La englutió esta ciudad sin árboles y pájaros pedestres. El hocico del sol escarba en la basura municipal hasta en la noche. Los ángeles y las ratas flotan a ras del suelo. Hermanos grafiteros, no pierdan tiempo: la ceguera es planetaria. Es la hora del juglar. Es la hora de gritar poemas y dolores y consignas por las calles, como el afilador de cuchillos el siglo anterior. Como el comprador de chatarra, esta mañana.

Cuaderno nuevo

* Día primero. Año último. Los domingos por sí solos eran felices. La vida olía a jabón y café. Flores y mariposas hablaban entre ellas. Calcetines blancos y guantes sin huellas de sangre. Gatos enmadejados bostezando en las consolas. El pan era redondo y tenía mucha luz. Las risas entraban y salían como cristales. Se tarareaba. La radio derramaba fiesta. El vecindario repintaba la blancura de sus fachadas. La escoba no dejaba ninguna evidencia de enemigos. El amor como un dron circulaba en el aire. Mi madre se pintaba ojos boca uñas y se despintaba y volvía a pintar hasta que se derramaba de sueño. Mi padre desayunaba sin apuro y rasurado y con corbata salía de casa rumbo a la sesión dominical de su club. Yo empezaba los domingos con camisa blanca, copete engominado, canción de Presley. Nadie sabía que convertido en sombra seguía los pasos de mi padre. Él nunca lo supo. Nadie lo supo, aparte de mi sombra que era el Simbad, un perro callejero que siempre me acompañaba.

* Un niño pecoso y cantarín ha muerto en el piso de al lado. Fisgoneo con aire de circunstancia. Algo de los tormentos de Goya tiene el ambiente en torno de la cama infantil. Genuflexo ante el pequeño, el padre solloza más que la madre. Ella lo mira como si le tuviera envidia. Rencor.

* Millares de fugitivos de la guerra santa caminan a través de la nieve rumbo al abrevadero. La gran Europa de las entrañas carcomidas por las moscas azules. De ella nos viene la Juglara, una vieja chiflada con esqueleto de oro predicando por los bulevares: “Así como ayer, el futuro está lleno de niños ahuecando la tierra para esconderse/ ¿Por qué diablos sus padres y sus madres?/ ¿Por qué los padres se fueron sin sus hijos a la guerra?/ ¿Por qué las madres se quedaron esperando sus difuntos y no se fueron a la guerra?/ ¿Por qué la nieve y la sangre a nombre de dios borraron los caminos de regreso?/ Y un día salió el sol y no encontró a nadie en torno a la mesa y el agua se convirtió en piedra/ Ayyy, pequeños, despierten, crezcan, reconstruyan la casa/ tengan nuevos hijos que duren como los árboles/ y que perezcan sin apuro y sin ayuda de nadie./ Ayyy, se perdieron los sueños a fuerza de lavar enfermos y esconder ancianos”.

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