El viernes 13 de abril, a las seis menos diez minutos de la tarde, el ingeñoso don Kijano, se disponía a bajar del Colón-Camal que a esas horas reventaba de gente. Con su vozarrón, otrora digna de la commedia dell’arte, se abría paso entre la masa de pasajeros, gritando, abrid espacio, bellacos, pelafustanes; a la par que azotaba a diestra y siniestra con su portafolio de profesor antiguo.
Nada más le faltaba un par de metros para llegar a la salida trasera, cuando sintió por primera vez en su luenga vida un vuelco, un dardo de hielo, un pasmo de aquellos que paralizan cuerpo y alma, en el Antiguo Testamento: sus ojos, pasmados, como si recibieran un balazo, se estrellaron durante un infinito segundo con el rostro de cuencas vacías de Madame Lamort. Mientras tanto, la multitud, que irrumpió en el bus como ola escupida por un tsunami, lo arrastró hacia el interior como a un tereque de huesos, corbata y portafolio.
Una hora más tarde el ingeñoso don Kijano estaba desparramado en una banca del parque de La Carolina, que en la penumbra parecía un bosque habitado por ogros y pitufos. Casi sin fuerzas, el rostro hundido entre las clavículas, y empuñando su sobreviviente y enorme zapato izquierdo, se repetía una y mil veces: Era la parca, estoy seguro.
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