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Leonora deambula como ánima, atisbando por entre sus cortinas pesadas el burbujeo de la calle, el perfil de animal en reposo del monte de Uyumbicho. El resto del día le resulta un carrusel con un solo caballo en el que ella gira y gira, aunque nada se mueva. Fumar, beber, limarse las uñas, dar alpiste a los canarios y croquetas a los gatos, podar las plantas y regarlas, prestar su oído a la Magolita, la doña que es una máquina de hablar mientras cocina y limpia la casa. A mediodía, empinarse un aperitivo sola o conmigo, si estoy a la mano y, después de almuerzo, caer en su sofá mullido frente al televisor, hasta adormitarse. Y a veces, cuando empieza a faltarle el aire y en su vientre a removerse el monstruo, se mete en su viejo impermeable de Marlowe, toma su carcacha y se lanza al mar del esmog. Y cuando vuelve, llega ya relajada, risueña, con rastro de sangre en la boca, muerta de sueño o de sed.
Pero si usted la viera cuando suena el teléfono, el suyo, el del número secreto. Si usted la viera en el intervalo de los dos timbrazos que preceden a su crispado gesto de levantar el auricular. Se pone de pie como un resorte, vuela al espejo, a dos manos se acomoda los bucles, ensaya la sonrisa, alisa su ropa, se yergue y, caminando en pasarela, se dirige al teléfono. Aló, responde como si gimiera una gata, una muchacha quinceañera y, al instante, se le hace la luz, como si la voz que bebe su oído le escarbara con los dedos y las axilas; se ríe, como si los labios amados rosaran su mejilla, su mentón; de allí se balancea, maúlla, coquetea. En ese par de minutos que normalmente duran esas llamadas, se la ve ascender a la cumbre, y de allí lanzarse con unas alas inmensas, o enmudecer, marchitarse y soltar el teléfono como una plancha en el hielo.
Nada del otro mundo, como se puede colegir de esta escena; salvo si usted se entera que el teléfono, en ningún momento, ha sonado, pues, ni siquiera funciona.
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