1.
Mi escritorio es enorme, como una mesa de pimpón, y está ubicado en la zona de archivadores. Hasta acá, la luz solar es un eco y sobre mi cabeza hay solamente un foco de diez bujías forrado de polvo. Desde aquí, como desde una trinchera, veo al equipo mecanógrafo bañado de luz fluorescente. Cuarenta máquinas, cuarenta cabezas, ochenta manos, cuatrocientos dedos. Sus movimientos lentos, remotos y la sincronización unánime de su tecleo. La piel ajada de las manos sobre el teclado. Las uñas pintadas de las mujeres, brincando como insectos ensangrentados sobre las teclas, con una precisión robótica admirable.
Lo escalofriante, por poco aterrador, es que absolutamente todos escriben el mismo único texto. Como remar en un gigantesco barco, sin agua. Como el escribiente de El resplandor.

2.
Todos me ignoran todavía. Solamente hay un tipo, el menos viejo de la planta, que me ha descubierto prematuramente. No sé si me ha conocido en otro sitio, pero sé que viene de darme existencia. Aunque puedo haber sido yo, al particularizarlo, que he provocado su atención sobre mí. Desde la frente le atraviesa hasta el cuello un surco zigzagueante, aún opaco. Una cicatriz de maloso que, a decir verdad, todavía no la tiene. Digamos que todavía no sucede aquello que le provocará aquel tajo en el rostro, pero cuya inminencia marca la intensidad del cuento. Cada vez me resulta más difícil verlo sin que él lo advierta. A veces, nada más lo veo con el rabillo del ojo y lo siento moverse, sentarse, ponerse de pie, estirar sus brazos sobre el escritorio o reincorporarse al tecleo general. Cuando está al teléfono o dialoga con alguien, me atrevo a verlo abiertamente. No es sino un tipejo ordinario de mejillas chupadas, blanquiñoso, de labios mezquinos y un mechón de pelo pajizo cayendo a un costado de su frente. Ya van tres veces que hemos entrechocado un medio segundo nuestras miradas. ¿Nos tendremos miedo? No puedo asegurar cuál de los dos retiró la mirada primero. Si fue él, tampoco sabría si ese gesto huidizo significaba precaución, al estilo de los pesquisas. Aunque, creo que fui yo quien esquivó la mirada. Sin embargo, pude ver sus ojos de gargajo llenándose de sangre y de apetito, como si yo fuera un conejo y él una hiena lamiéndose las comisuras.
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