1
Se podía haber pensado que estaba muerta después de haber sido violada y que el chofer era el psicópata, pero no había crimen y el taxista más bien era un vecino. Eso contaba la Beba, con un trío de güisquis dentro. Eran las siete de la noche, la colocaron recostada en el asiento trasero de un viejo Dodge que arrancó relinchando. Los gritos de la Beba llenaban el taxi y se expandían afuera mientras cruzaba las esquinas hecho una bala. Lo malo fue que, faltando cinco calles, el destartalado auto empezó a atorarse, a tener hipo y tos. El taxista, con medio cuerpo tragado por el capó, revisaba hasta el alma del auto y corría al volante para bombear inútilmente el embrague. Y la Beba, entre gritos y gritos, por dios, muévase vecino, mientras con las rodillas y las manos sostenía el mapamundi a punto de reventar.
Total, el vecino, perdió la cordura y ante los chillidos de la Beba, vociferó: ¡Ya basta, carajo, va a parir un guagua y no un caballo! Ella, quién sabe si del susto, ya no esperó más, y Milo, por su lado, necesitaba salir con la misma urgencia que en ocasiones se necesita un baño. La Beba separó las piernas casi hasta desgonzarse, cosa que Milo aprovechó para venir al mundo con aire de gamín que emerge desde una alcantarilla: enlodado, ceñifruncido, inquieto, espiando a cada lado; no vaya a ser que el enemigo le devuelva de un puntapié hacia abajo. El mundo lo recibió con una ovación de claxonazos. También con los gemidos de la Beba que, a lo largo de la vida, los seguiría escuchando en cada acto amatorio. También con un aroma a lubricante quemado, que encuentra siempre cuando su alma adquiere la condición de estropajo.
2
El matriarcado, integrado por abuela, tías abuelas, tías y primas, festejaron la llegada del varón como si hubiesen ganado el gordo de la lotería. Los hombres de la familia ya estaban muertos o viejos o zombis, y los jóvenes, desperdigados por el mundo. ¡Mírenlo, qué precioso, tiene los ojos de la tía Leonor! ¡Miren sus piececitos, son ahí cortados del tío Timoteo! ¡Ay, qué preciosura, miren, se sonríe! ¡Pero miren su cosita! ¡Vas a ser un macho de pelo en pecho! Una ráfaga de primeros pedos de la vida. Risas en coro, porque el primer varón de la familia viene de desatarse en diarrea. ¡Límpienlo! ¡Yo le cambio de pañal! ¡No, yo le cambio! ¡Oh, qué hermosura, miren, qué caquita más linda, si parece de oro! Cosas así cacareaban, mientras la Beba, agotada de tanto alboroto y tanta desmesura, les decía: Ya no jodan, pendejas. Por su parte, el flamante varón de la familia, mitad por hambre mitad por el traqueteo, empezó a chillar como si le estuvieran pellizcando. Como si ya se hubiese dado cuenta de la metedura de pata. Entonces, le devolvieron a la Beba y ella a dos manos sacó uno de sus contundentes senos y lo ensartó en la boca. Instantáneamente, el naciente Milo empezó a succionar el pezón como un profesional en la materia y con sed de prontuariado.
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