¿Y por qué viniste a los Kitos Infiernos?, le preguntó una vez el Tintin, que nunca preguntaba nada. Huyendo del diablo, contestó el Roki, soltando una risotada sin ganas y, de paso, gritando con su vozarrón de corneta dañada: Doña Chari, plis, otra chela.
Por qué escogiste los Kitos Infiernos, volvió a preguntarle el Tintin que, aparte de empujar la silla de ruedas, nunca abría la boca sino era para tragar. Entonces, el Roki puso en funcionamiento su viperina, por la cual lo apodaban Verbo Divino. Vine al orto del mundo siguiendo el perfume de la diosa Ariadna. Quién es Ariadna, debía preguntar el Tintin, pero ya tenía la boca llena. Como su nombre lo indica, explicó el Roki, era un portento de otro mundo que, desde el mero Medellín, llegó al Kerubín Manko de Guápulo en helicóptero. Vino para un ágape exclusivo, a pedido de Dios en la tierra y sus combos, pero le bañaron en oro, nieve y otros efluvios, hasta disecarla.
Mientras el Tintin chupaba la carcaza de gallina y en ese afán se embadurnaba hasta las cejas, el Roki se mudó de historia y se embelesó en inventar una muñeca de carne viva, a quien, al paso, bautizó de Berebé. Con ella se enredó hasta hacerse nudo, allá, en la mítica y horrenda Lima, en su gran época de diler, cuando, sin ayuda de tintines ni de nadie, se desplazaba en su silla bimotor con coderas de oro. Pero no prosiguió con el cuento, porque el Tintin ya estaba roncando frente a su plato que terminó reducido a una masacre de huesillos. Entonces, el Roki se abotonó los audífonos en sus orejas de delfo y se zambulló en las aguas curativas de Zeppelin.
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