Para Netflix no existe diferencia técnica alguna entre una película, una serie o un videojuego. Desde la óptica del algoritmo —que antes fue humana— todo es lo mismo: contenido. Gracias a esa sustitución semántica, de obras a contenidos, durante el siglo XXI, los grandes contenedores o continentes, las plataformas, se han convertido en los mayores centros de logística, de distribución de la cultura. Como han generado sus propias estéticas y narrativas —identificamos a simple vista un video diseñado para YouTube o una serie del universo Star Wars de Disney+—, se puede decir que han sido creativas. Se han aliado tanto con figuras individuales —los influencers, que pasaron a ser creadores de contenido— y las productoras audiovisuales —creadoras colectivas de contenidos de mayor presupuesto—. Tras una época dorada tanto del meme o la story como de las series de televisión, en esta tercera década, se ha ido imponiendo la irrelevancia de la mayor parte de esos productos, tal vez porque la presión de los continentes en la guerra por la atención ha hecho que cada vez haya menos riesgo formal y más relatos más o menos iguales.
Pese a la campaña de confusión sistemática, no obstante, muchos hemos mantenido la distinción entre contenidos y obras. Intuyo que la inteligencia artificial (IA) va a intensificarla. Porque gran parte de los contenidos van a poder ser automáticos, fugaces, personalizados: “Escríbeme un cuento para leerle a mi hijo esta noche, tras la muerte de nuestro perrito”; “Genera un video de cinco segundos en que le tiro una tarta en la cara a mi hermano”; “Hazme una canción pop para que mi novia me perdone por haber olvidado su cumpleaños”. Pero las obras no. Incluso las creadas con ayuda de IA van a tener que ser conceptualizadas, diseñadas, sometidas a procesos de prueba y error reescritas o reimaginadas, corregidas, editadas. Obradas.
Estos momentos de transición, de hecho, nos brindan la oportunidad de volver a pensar qué es una obra. ¿No es lo contrario de un contenido? La obra, por naturaleza, no encaja en principio en ningún continente. Más que aspirar a formar parte de la gran biblioteca universal que acoge a todos los libros sin distinción o de la masa indistinta del catálogo infinito del cine o de la televisión o de la música, desea vincularse solo con algunas otras obras y poner en jaque al resto. Ser, ojalá, parte de la historia de ese lenguaje, del arte. El diccionario dice que “obrar” es “edificar, construir, trabajar, hacer algo material o inmaterial”. El contenido es solo un objeto cultural material. La obra es tanto materia como idea o espíritu o energía, o trata de serlo. Entre las acepciones de “obra” está “trabajo que cuesta” y “medio, virtud o poder” y “cualquier producto intelectual en ciencias, letras o artes, y con particularidad el que es de alguna importancia”. El contenido pasa; la obra importa.
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