En la provecta edad en la que me encuentro, si algo odio es escuchar a mis congéneres sobre los prodigios de sus nietos. Me aburren aquellos que se refosilan en contar que el niño, de cinco años, toca el piano; que el otro, de cuatro, ya habla inglés, y que la de siete es un portento para la tecnología y, además, muy bella. Detesto eso porque creo que es lo más parecido a la falta de pudor. Prefiero callar, porque sé que, si comienzo a hablar de la maravilla que son mis cinco nietos, tendrían que escucharme horas enteras narrando todas sus innatas virtudes, sus múltiples talentos, su gracia y su viveza, algo que no solo alcanzaría para un libro, sino para una enciclopedia. Pero creo que eso sería desnudar algo que a nadie interesa más que a mí porque —¡carajo!— soy el abuelo.
Lo que sí me es dable revelar es que, como abuelo, me convertí en un estúpido (en el supuesto no consentido de que antes no lo fuera) desde el instante en que mi primer nieto hizo su aparición. De él, la Cata y yo fuimos esclavos durante tres largos años porque nos tenía embobados, embelesados, brutos.
Cuando el Tadeo cumplió tres meses de edad, estaba con sus padres en nuestra casa de Conocoto y, pendientes de su crecimiento, la Cata descubrió que, según el libro del doctor no sé cuántos, había llegado el momento en que sacara la lengua y el Tadeo no la sacaba, no la sacaba y no la sacaba, y nosotros ahí, pendientes, enseñándole cómo se saca la lengua, mientras él nos miraba y no la sacaba. Volvió el niño con sus padres a su casa en Santo Domingo de los Colorados (lo de los Tsáchilas fue un invento posterior) y a los pocos días recibimos una llamada de nuestro hijo Samuel que anunciaba eufórico: “¡El Tadeo ya saca la lengua!”. Todo fue escuchar esa frase y enloquecernos. En una actitud demencial, pusimos cuatro cosas en la maleta de mano y, como si nos siguiera el diablo por las curvas del Tatatambo, luego de tres horas de viaje, la Cata y yo vimos, estupefactos, cómo el niño —nuestro niño— nos mostraba la única lengua que tenía y que —sin dudar— era la más bella lengua que niño alguno haya tenido.
Has llegado al límite de artículos gratis para este mes.
Si eres suscriptor de la edición impresa solicita tu acceso.
Si no lo eres, elige tu plan
Revista digital
DESDE- Acceso ilimitado a todo el contenido digital de revistamundodiners.com
Revista impresa + edición digital
DESDE- Revista mensual impresa + acceso ilimitado a todo el contenido de revistamundodiners.com
- Envío incluído


