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Para ellos, la calle fue su primera cancha. Allí aprendieron que el fútbol es habilidad, es fuerza, es choque, es sudor, es alegría, tristeza, regateo, imaginación, precisión, viveza, bronca.
Para nosotros la calle era un espacio vedado, porque mi madre nos impedía a mi hermano y a mí trasponer la cerca de la casa y salir a ese ámbito que ella consideraba impropio, por las palabrotas que se escuchaban y la algarabía que se formaba. Entonces, dentro de nuestro reducto, no nos quedaba más que, pateando una pelota dentro del jardín, imaginarnos que yo era Lev Yashin y mi hermano, Pelé.
De la calle, de esa Guipúzcoa que estaba en el corazón de La Floresta, salieron jugadores que luego integraron equipos profesionales. De nuestra casa salieron dos chicos bastante tímidos, apocados, incapaces de lanzar un escupitajo y, peor, de defenderse a puñetazos.
Pero, como compensación, surgieron dos fanáticos empeñados en coleccionar los cromos con que procurábamos llenar —sin conseguirlo— el álbum del primer mundial del que fuimos testigos, el de Suecia. Fuimos testigos, digo, porque escuchábamos cada partido por la radio y nos imaginábamos eso: que yo era Yashin y mi hermano era Pelé.
En la calle solo había tiempo para ganar el partido y después untarse mentol en las canillas o ponerse una venda en la cabeza. Porque sí: las patadas eran duras y las pelotas de un cuero tan grueso como los insultos. Así se creaban rivalidades tercas y así también nacían amistades perdurables. Ahí, en la calle, en el fútbol estaban el bien y el mal entrelazados.
Mientras tanto, Yashin y Pelé imaginaban, ya dentro de su dormitorio, que la puerta era el arco y que la pelota, de un caucho tan delgado y frágil como un suspiro e inflada por el viento, era el balón de cuero. ¿Qué heridas podíamos curarnos, qué nuevas palabras podíamos aprender, qué gritos, que no fueran los del silencio, podíamos lanzar para festejar un gol?
Pero después a todos, a los de la calle y a los de la casa, nos unificó el estadio. Allí las diferencias se difuminaron. Cada domingo unos y otros acudíamos para enfrentarnos a la realidad real y ver, con camisetas distintas, a quienes sabían más, mucho más, que todos nosotros juntos. Y, sin quererlo, sin saberlo, nos fuimos agrupando para sufrir y alegrarnos por uno de los equipos que habíamos escogido como nuestro. Así gritábamos los gritos de la calle y los gritos de la casa que llegaban a ser los mismos, tan cargados de ira a veces, tan de festejo en otros, tan de silencio y tan de emoción siempre.
Así el fútbol nos fue llenando el alma y así pudimos completar, en la vida, los cromos que nos habían faltado en el abismo de nuestras diferencias.
Y así crecimos y así hemos llegado a viejos, teniendo al fútbol como nuestra bandera y la televisión como un estadio. Unos y otros, los de la calle y los de la casa, con los rostros cuarteados por los avatares que nos han dejado el tiempo y la nostalgia, estaremos pendientes de este mundial que se avecina, temblando de nervios y pasión, esperando el gol de nuestro equipo y recordando cómo el fútbol nos abrasó desde niños con las llamaradas de su fuego inextinguible.

