Hace meses pregunté a amigos varones cuál era su relación con las plantas. Era para un trabajo del doctorado que estudio. Quería explorar cómo se relaciona eso que se ha definido como “masculinidad” con el cuidado de lo que siempre se ha pensado —o asumido— como delicado, indefenso, femenino. Algunos de esos hombres con los que conversé cuidan —o se acompañan, en realidad— de geranios, astromelias, aves del paraíso, limoneros (qué fragantes y coquetos somos los humanos para bautizar a las flores y las plantas). Unos les hablan mientras las riegan, otros no las interrumpen y honran su silencio aparente. Tres de ellos me contaron que, de vez en cuando, les ponen música: pasillos, salsa, La Oreja de Van Gogh o canciones que, dicen, sirven para que las plantas crezcan, se curen, se embellezcan.
Despejemos de una vez un asunto lingüístico sutil y determinante. No es lo mismo hablar de música para plantas, música con plantas y música de plantas. En el primer apartado entran los gustos eclécticos de mis amigos y los discos tipo Baby Mozart, surgidos en los años setenta, dirigidos a las matas domésticas y en pleno desarrollo. Ahí está, por mencionar uno, el álbum de Stevie Wonder, Stevie Wonder’s Journey Through ‘The Secret Life of Plants’, basado en el libro homónimo, que en su momento fue calificado de “raro”, “nerd” y “atrevido”. Las exploraciones científicas y artísticas con y de la musicalidad vegetal, en cambio, han abierto un campo fascinante. Las plantas son artistas, músicas. Performan en grupo, en solitario. A capela casi siempre. O eso es lo que la biosonificación y otros métodos, hasta ahora, han permitido intuir.
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