Hace dos años tomé la decisión de no entrar en TikTok ni en Twitch: mi newsletter Solaris (en Substack) iba a ser mi última red social. Estoy muy satisfecho con la decisión: mientras que Facebook y Twitter languidecen; e Instagram preserva su falsa y eterna juventud pactando con el diablo (es decir, con Meta), el viejo boletín de toda la vida —pues los libreros y los editores los envían desde hace siglos— se ha convertido en el más agradecido de mis canales de comunicación con mis lectores —después de las presentaciones en librerías—. Pero en un par de años todo ha vuelto a cambiar una vez más. El futuro ya no lo marcan las redes sociales: ahora lo hace la inteligencia artificial (IA). Es posible, por tanto, que quienes ahora están suscritos a mi newsletter en unos años prefieran chatear con un robot.
De todo lo que he aprendido gracias a las estadísticas de la plataforma Substack, lo que más me ha sorprendido ha sido el bajo índice de apertura de links. Ya es un milagro que alguien abra un correo electrónico: es demasiado pedir que, además, cliqueen en los artículos y páginas web que se mencionan en su interior, como ocurría en los años dorados del hipertexto. Ese descenso del clic sucede en todo Internet. El sistema nació en el cambio de siglo con un gesto principal: la apertura de enlaces. Abríamos decenas de e-mails todos los días, en nuestra bandeja de entrada; e hipervínculos en nuestras búsquedas en Google, porque era la forma esencial de relacionarnos con el nuevo medio. Pero con los años llegaron otros gestos protagónicos: el like, el scroll, el compartir, la respuesta automática, el aceptar condiciones, la introducción de prompts. Y fuimos dejando cada vez más atrás la apertura de los enlaces, que responde a una lógica cada vez menos vigente.
La IA generativa ha creado en el último año y medio una burbuja económica que ha llevado a todas las Big Tech a tomar decisiones tan drásticas como precipitadas para no quedarse atrás en la carrera. La más arriesgada tal vez haya sido la de Google, que al parecer a finales de año cambiará la idiosincrasia de su motor de búsqueda, fusionándolo con Gemini, su IA. La interacción con la plataforma pasará de la oferta de links vinculados con el tema a la seudoconversación con un asistente virtual. De un abanico de opciones, en la que el usuario debía tomar sus decisiones, a una opción única, decidida por un algoritmo que, como casi todos, es una caja negra, un misterio, una inteligencia matemática que, si no conoce la respuesta, puede reconocerlo, pero también se la puede inventar.
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