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Mundo Diners al día

Jugando a las escondidas en Ecuador

por Iván Ulchur Rota

Columna
"Alguien miente. Si no es uno, son los dos. O los tres, o todos. Mentimos y nos dejamos mentir según nos convenga", dice Iván Ulchur. Ilustración: Diego Corrales
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

En el Ecuador todos tenemos rabo de paja. ¿Cuál es nuestra única esperanza? Reconocerlo. La explicación aquí. 

*Opinión

Me enferma que me pregunten por quién voy a votar. Pero no por las mismas razones que antes. No. Antes era por mi incapacidad para lidiar con el conflicto. Me daba pereza explicar mis razones o escuchar los vehementes esfuerzos de mis interlocutores por probar que la verdad estaba con ellos. Demasiadas personas creen que las elecciones son una prueba de coeficiente intelectual que se mide según cuán de acuerdo está alguien más con sus propias creencias: atribuyen genialidad a quienes coinciden con ellos y alguna suerte de discapacidad cognitiva a quienes no. Admitámoslo: hablar sobre nuestras predilecciones políticas significa menos diálogo y más fanfarronería. 

Pero antes lo aguantaba. Más que eso: lo disfrutaba. De hecho, por años, como columnista político, vivía de ese tipo de conflicto. Si me contactaban medios nacionales o internacionales, era para comentar la política ecuatoriana, esbozar un diagnóstico y emitir alguna prescripción general. Luego me invitaban a paneles de expertos en los que yo aclaraba mi garganta antes de responder con palabras como “complejidad”, “clivaje” y “condiciones materiales de existencia”. En esos momentos hay que lucirse, justificar la invitación. No iba a quedar mal frente a mi novia, mi mamá, los compañeros revolucionarios de la Flacso o mis haters. Lo he hecho hasta en inglés, aunque con tropezones. No me culpen: ya los quiero ver explicando “muerte cruzada” a un gringo. 

Ahora no me pasa igual. Tan solo pensar en responder esa pregunta me manda a encerrarme en el baño, como uno más de los hombres que, según un estudio, pasan hasta siete horas diarias en el baño buscando paz. Porque en este país la política no revela derroteros hacia un futuro mejor, sino la recurrencia eterna de nuestro subdesarrollo. Derrotas más que derroteros. Fracasos consumados y no caminos a seguir. Hasta la narrativa electoral se ha vuelto incipiente: la novedad “antipolítica” que se enfrenta a “los mismos de siempre” hasta convertirse en esos mismos de siempre desde siempre y hasta siempre. Suena a tautología lógica: al final del día, todos somos los mismos de siempre de alguien más. 

Ni siquiera los escándalos son novedad. Al contrario, son la norma, al igual que los poco-excepcionales estados de excepción. Nadie se libra. Un ejemplo: la filtración de los más de nueve mil supuestos chats de Fernando Villavicencio, que revelaron, entre otras cosas, que la fiscal Diana Salazar filtraba información reservada y que también mencionan pagos a funcionarios e instituciones públicas. Es decir, corrupción. En vida Villavicencio juraba y juraba que lo que lo distinguía de los demás era su honestidad. Esta era su bandera cuando sus contrincantes hablaban de seguridad o economía. Los chats, ahora, lo contradicen bastante. 

Pero, aquí está el detalle. Uno de los primeros en regodearse en las filtraciones fue el periodista Anderson Boscán, fundador de La Posta, quien es investigado por la Fiscalía por sus conversaciones con el narcotraficante Leandro Norero. Lo hizo en su segmento con el título “Los archivos secretos de FV”, sin esforzarse por esconder el placer que sentía al revelar los chats de Villavicencio o al mencionar las veces que aparecía el nombre de Christian Zurita —quien remplazó a Villavicencio como candidato presidencial después de su asesinato—. No era coincidencia: en más de una ocasión, Zurita había descrito a Boscán y a su compañero Luis Vivanco como “narcoperiodistas”. 

Entonces, ¿qué? Uno de los principales argumentos que utilizaba Boscán para criticar la manera en la que la prensa cubrió sus propias filtraciones era la seguridad de las fuentes. Esta vez, ahora contra un enemigo suyo, poco le importaron los riesgos de exponer nombres que podrían convertirse en blancos del crimen organizado. 

Alguien miente. Si no es uno, son los dos. O los tres, o todos. Mentimos y nos dejamos mentir según nos convenga. Es que, además, no es fácil informarse en el país. La verdad nos elude. Ya sé, si nos ponemos filosóficos, la verdad es siempre escurridiza. Pero si no es la Verdad, con su respectiva mayúscula, entonces, es mucho pedir ¿honestidad y responsabilidad a la prensa? 

Quizás a esto se refieren cuando hablan de la posverdad. Cada escándalo de corrupción parece más un juego a las escondidas. Pierde el que es descubierto. Su pena es la condena pública de quienes siguen escondidos. Pero por unos meses nada más, porque luego los olvidamos. Si chats tuyos fueron filtrados, la respuesta debe ser filtrar chats de alguien más. Diente por diente y WhatsApp por WhatsApp. 

Los más radicales me sacarán en cara la inutilidad de la “democracia burguesa” y la urgencia de una revolución que lo cambie todo. Esa historia también la sabemos. Termina peor y con corruptos totalitarios que no sueltan el poder sino hasta su decrepitud. ¿Entonces? Estoy demasiado pesimista. Mi psicólogo no sabe si es depresión o ecuatorianidad. Además, tampoco quiero caer en esa parálisis por análisis que aqueja a tantos académicos. 

¿Pero qué hacemos? Es una pregunta angustiosa. Lo mío no es nulo ideológico, sino nulo ansioso. Y eso que nunca imaginé que consideraría el nulo. En definitiva, es verdad que uno se convierte en lo que juró destruir. Sería mi primera vez acudiendo a las urnas para decir “ninguno”. En las últimas elecciones, más bien, escapé a una minigira de comedia en Colombia y lo vi todo desde allá. Tenía excusa para lavarme las manos. Ya sé: también jugaba a las escondidas o a las escapaditas de mi responsabilidad cívica. 

Ahora. ¿Qué argumento sobrevive que no sea una cantaleta repetitiva y panfletaria? ¿Hay una opción sin rabo de paja? Mejor dicho: ¿hay una opción sin rabo de paja pero que, además, tenga posibilidades de ganar? 

No tengo la más mínima idea. Es lo que necesito escuchar de los expertos a los que acudo. “No sé”. De hecho: quién admita que está igual de perdido y desolado que yo tiene mi voto entusiasta y comprometido. Se gana mi esperanza hasta que, por supuesto, se vuelva lo mismo de siempre y corra a esconderse como los demás.

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Acerca de Iván Ulchur Rota

Es escritor y comediante. Ha escrito para medios locales e internacionales como Mundo Diners, GK, 4Pelagatos, Vice y New York Times. Le obsesionan las medias chullas.
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