La dedicatoria, en el portón del libro, incluía una propuesta: “… y que cada vez que veas o encuentres un objeto en casa de tus abuelos te preguntes por su historia”. La escritora colombiana Isabel-Cristina Arenas Sepúlveda me bienvenía así a su primera y entrañable novela, Y eran una sola sombra (Candaya, 2022).
Durante unas semanas, mientras la leía, anduve pensando en los objetos y las habilidades de sus abuelos, Isabel y Alfredo, protagonistas de esta historia familiar —construida, como todas, con secretos, omisiones, misterios dolorosos y herencias que son fardos—, que transcurre entre Bucaramanga, Colombia, y Barcelona, España. Alfredo era zapatero, oficio hacedor de elegancia y comodidad. Isabel confeccionaba tabacos —con “capa, capote y tripa”— en La Colombiana de Tabacos. “¿Qué pensaba”, se pregunta años después la nieta escritora, la nieta detective, la nieta médium, “mientras movía las manos haciendo treinta, sesenta, cien, quinientos [tabacos] al día?”.
Hay tanto que no sabemos de quienes estamos más cerca, de quienes decimos amar o de quienes dijeron, alguna vez, que nos amaban. Hay tantísimo más que no les preguntamos, que no nos atrevemos a desbrozar. Tras la muerte de sus abuelos, Isabel-Cristina se quedó con algunas de las herramientas de “Calzado El Cisne. Para hombres y niños”, la zapatería de Alfredo: martillos, tarjetas de presentación, alfileres de cabeza grande. Ya quisiéramos que los clavos hablaran, como tantas veces se lo hemos implorado a las paredes. Pero las sillas, las almohadas, los veladores y las pastillas ni siquiera “se comunican entre ellos, porque hacerlo no es tarea de los objetos”.
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