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Taichí: mi cuento chino

por Jorge Sánchez de Nordenflycht

Taichí
Fotografía: Shutterstock.

“Estar con uno mismo, aquí y ahora, o habitar el presente, es un proverbio repetido en los libros de autoayuda y en las conferencias de diversos maestros espirituales que hace rato entendieron que el pasado y el futuro son invenciones y fusiles de nuestra mente, y el principal atentado contra nuestra paz.

El problema, está claro, es lograr poner ese proverbio en práctica en medio de una civilización que todos los días nos empuja a la vorágine de la hiperconectividad y la hiperproductividad; a lo que fue y lo que será; a la ambición, al sufrimiento y la demencia colectivas con las que cavamos nuestro hoyo y el de los hijos de nuestros hijos.

Para sembrar el futuro es necesario rebelarse y poner una pausa, desconectarse, dominar la psique, someter al ego, cultivar el ocio, prodigarse cariño.

La búsqueda de una disciplina o hábito me llevó al taichí chuan, un arte marcial chino que —con muchos matices— puede traducirse como boxeo o lucha suprema. En ella, el objetivo principal no es repeler o reducir a un oponente, sino controlar la mente y el cuerpo propios. Para esto, el control de la respiración es crucial… Inhalación: yin. Exhalación: yang. Yin-yang, yin-yang, continua, profunda y silenciosamente.

El taichí se rige por el taoísmo y en esta filosofía el yin y el yang representan la dualidad de todo cuanto hay en la naturaleza y la humanidad: vida y muerte, mujer-hombre, día-noche, abundancia-escasez, conciencia-inconsciencia, bondad-maldad y un ilustrativo etcétera que también reconoce la existencia de estados híbridos o intermedios. Tao es el camino, la vida por la que fluimos, aceptando que somos parte de esa dualidad, de esas fuerzas opuestas e interdependientes.

Izquierda-derecha. Arriba-abajo. Inhala-exhala

Todo esto me lo dijo mi profesor de taichí chuan en su pequeño dojo de la avenida La Prensa, cerca del parque La Concepción, en Quito. Las sesiones duran noventa minutos y en los breves descansos surgen estas charlas que permiten internalizar la lógica de los ejercicios y rutinas corporales del arte marcial, basadas en el equilibrio, la coordinación, la fluidez y el autodominio que podemos encontrar en las serpientes y otras bestias. A veces también me enseña la eficacia de los movimientos y los golpes en el contexto de un combate que casi siempre debemos y podemos evitar.

Se nota que este hombre rapado al cero sabe de taoísmo, de taichí y de otras disciplinas y técnicas guerreras y sanadoras. Yo no sé si es ecuatoriano, chino o taiwanés de Galápagos. No tiene los ojos ni la piel de un pekinés ni lo he visto podando bonsáis en el dojo, pero su forma de andar y su acento evocan algo de esos viejos senséis de las películas de los años de gloria del karate y el kung-fu.

Tampoco sé si es joven o anciano, podría ser mi taita o mi hermano. Con todo respeto y a riesgo de perder un brazo o una pierna, en las clases opté por tutearlo y decirle “profesor”.

Por ahora solo sé que se llama Ney y que fue discípulo de varios maestros de nombres y apellidos chinos. A nosotros mismos y a ese linaje que por siglos ha practicado y perfeccionado el arte marcial agradecemos en el lan pho o ceremonia de apertura y cierre de cada sesión. La gratitud puede expresarse en la palabra: xie xie.

Ney es el mortal que me está ayudando a crear el hábito de meditar en movimiento y a transformar mi vida con un par de zapatos de lona. El maestro que a cambio de muy poco me enseña a caminar y a respirar. Porque a pesar de los viajes al espacio y toda la soberbia humana, aún no aprendemos a estar aquí, en nuestros huesos.

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Acerca de Jorge Sánchez de Nordenflycht

(Santiago de Chile, 1983). Sociólogo, magíster en comunicación social y creador literario. Taita en contra del patriarcado y cofundador de Habitación Propia. Cree radicalmente en la importancia de cuestionar y educar para la transformación social. Es, ante todo, persona.
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