Las dos últimas novelas de autoras ecuatorianas que he leído comparten un mismo interés, una misma pulsión: la música y el baile. Fiebre de carnaval (La Navaja Suiza), de Yuliana Ortiz Ruano, habla de la alegría y el ritmo como estrategias para sobrellevar la tristeza trágica en Esmeraldas; Chamanes eléctricos en la fiesta del sol (Random House), de Mónica Ojeda, de la huida de dos amigas desde Guayaquil hasta un festival a los pies de un volcán de los Andes, en un contexto de abandono y crimen insoportable.
“Supe que bailar era una forma de curarse”, afirma la narradora de Fiebre de carnaval. También hay voluntad de catarsis y renacimiento en los personajes de Chamanes eléctricos… que son múltiples y, por tanto, pueden representar no solo al individuo, sino también al conjunto: “No quería oír música que hiciera una épica de la vida de los narcos, sino una que sublimara la violencia que estábamos viviendo y refundara el mundo, o sea, el canto de los muertos, no el de los asesinos”.
Ojeda construye su polifonía con una estructura que aprovecha y recicla la de Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, fragmentándola bajo la maestría de Svetlana Aleksiévich: alterna los monólogos de quienes acompañan a Noa (la protagonista, que carece de voz) con el diario de su padre, que la abandonó de niña; y añade el coro de las Cantoras. A los referentes del siglo XX le suma el poliamor, los macrofestivales, la empatía por lo no humano y el lenguaje inclusivo, para que la novela se hunda en el siglo XXI bajo nuestros pies.
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