La miro y quiero ser ella. Laxa, perfumada por el sol. Tener la tarde dispuesta como una hamaca ancha, la noche desplegada como una pasarela para el merodeo y la curiosidad sin fin. Sin fines. Desconocer qué es un despertador, una tabla de Excel, los impuestos, el código de seguridad de la tarjeta o mi tipo de sangre. Comer sin siquiera tener que cazar. Beber sin desespero de una fuente inagotable, limpia. Pedir caricias sin pudor. Irme de ellas cuando se me plazca, sin explicación. Jugar, aruñar, lamerme el cuerpo así: halagándolo, agradeciéndole. La envidia animal existe. Quiero ser Melcocha, la gata de mi amiga.
Escribo esto un sábado por la tarde —día que debería entregarse al descanso— mientras Melcocha cede toda su atención a un palo de chupete que, en su insignificancia radiante, es su juguete favorito. La última vez que pude ver el mundo así, despreocupadamente —con tapas de botella como naves voladoras y canicas como planetas miniaturas—, no estaba obligado, como estamos todos, a producir. Producir es estar siempre “ocupado” y estar “ocupado” es hacer —si es posible hasta en el baño— cualquier malabar para ganar estatus, dinero, seguidores, “capital social”. Creemos que sabemos no hacer nada, pero eso, en sí mismo, se nos ha vuelto una tarea. (Intente, si no, mirar al techo durante una hora, pongamos dos, sin sentir luego que justo “por culpa” de esas mismas “horas desperdiciadas” aún no ha podido comprar un auto del año, “encontrar” al amor de su vida o separar el último apartamento disponible a una cuadra de la playa de moda).
La abundancia del sol, quién lo diría, ha sido parte de este problema. En su libro Solar Politics, la filósofa rusa Oxana Timofeeva explica —basándose en el concepto de la “economía general” del pensador francés Georges Bataille— que los organismos vivos recibimos más energía de la que realmente necesitamos y podemos absorber. Es gracias a ese exceso, dice la autora, que plantas y animales podemos crecer y reproducirnos. Pero el capitalismo nos pide “invertir” el excedente de ese ímpetu para seguir acumulando, para seguir “progresando” individualmente, nunca en comunidad. Frente a esto, entonces, Bataille propone una reivindicación del gasto, del derroche “improductivo”, y un cambio de paradigma: pasar de la lógica del intercambio —que siempre espera algo en retorno— a la del regalo. Hay que ser, en lo posible, como el “camarada sol”, que prodiga a diario su energía sin esperar ninguna “retribución”. Estará diciéndome: ay, sí, facilito. Complicado, complicado no es.
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