Lo maravilloso de las islas es que muchas aún son intocables. Remotas, inmunes frente a la plaga arrasadora de los seres humanos, en ellas la vida se explaya. Nadie ahí impone monocultivos, nadie desviste a los animales de sus pieles fabulosas, nadie arranca de las piedras sus secretos relumbrantes. A muchas las rodea y las protege el agua, pero hay una peculiar, resguardada por muros de 7,5 metros de altura, que ocupa 2500 m² de las ocho hectáreas del parque urbano Henri Matisse, en la ciudad de Lille, en Francia. La nombraron isla Derborence en honor al bosque suizo homónimo, una de las últimas reservas naturales “vírgenes”, y es, según el jardinero francés Gilles Clément, un “tercer paisaje” emblemático.
Clément —profesor en la Escuela de Paisajismo de Versalles— diseñó esta “instalación” en 1996, ocho años antes de la publicación de su libro Manifiesto del tercer paisaje. En su ensayo, él define estos lugares como “espacios indecisos, desprovistos de función”. Suelen ser terrenos no explotados, que no representan ningún rédito para nadie ni tienen un uso productivo aparente para las ansias capitalistas. Se los piensa o se los llama “baldíos” porque se asume que ahí, como no reina lo humano, no hay vida de ningún tipo; aunque ocurra precisamente lo contrario. No pertenecen “ni al dominio de la sombra ni al de la luz” y están situados “en las orillas de los bosques, a lo largo de las carreteras y de los ríos, en los rincones más olvidados de la cultura, allí donde las máquinas no pueden llegar”.
Los terceros paisajes, para aclarar más, son lo opuesto a los jardines y a las reservas naturales. No tienen un gobierno o un jardinero que se ocupe de ellos, que controle su crecimiento, que los ordene, los pode y los “embellezca” para la complacencia estética de seres que ni siquiera los habitan. Y es justo por esa libertad y esa ausencia de mandatos que ahí, en su enmarañado plexo verde, se propicia una deliciosa “mezcolanza planetaria”. Plantas, animales, insectos y minerales retoman su (des)mesurada sinfonía prehistórica, todavía misteriosa para nuestro oído racional, y la ejecutan con su batuta compartida. Expuesto así, parecería apenas una fantasía hippie/new age, pero esta mecánica de amalgamar, inherente al tercer paisaje, es fundamental, según Clément, porque es un “motor de la evolución”.
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