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Muchos ecuatorianos hemos abrazado nuestra identidad con más fervor cuando estamos lejos. Otros también la hemos recuperado, después de vivir durante años en una especie de limbo identitario —no del todo de aquí, pero tampoco completamente de allá—, en medio de este clima político turbulento, cuando el espacio que hemos construido se siente cada vez más precario y cuestionado.
Lo que antes era una nostalgia por nuestro paisito amado ahora se mezcla con una angustia al sentirnos rechazados por el lugar que en algún momento nos acogió con extrañeza y reserva, pero también con calidez y hospitalidad.
Las retóricas xenófobas que se exportan fuera de Estados Unidos añaden otra capa: la sensación de que no hay escape, de que el odio se globaliza más rápido que la empatía. Una buena parte de la sociedad europea, tan tolerante, abierta y demócrata, lejos de condenar la persecución migratoria del ICE, toma nota: ya no es suficiente cumplir a rajatabla con el manual del “buen inmigrante” —el que trabaja duro, hace poco ruido, paga sus impuestos, disimula su acento, reeduca sus costumbres— para ser objeto de escrutinio y sospecha.
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