
Artículo de Opinión
El 1 de abril es el Día de la Broma. Debería ser declarado feriado mundial. Sería hermoso que fuera el único en el que todos los países, todos los credos y todos los calendarios se paralizaran al unísono. Además, eso podría ser interpretado también como una broma, en la que participarían 8 mil millones de humanos.
¿Por qué deberíamos darle semejante importancia a un día que conmemora algo tan banal? Pues por eso: es la única herramienta que aligera el peso de la vida cotidiana; a pesar de que se persiga y se sancione su ejercicio en estos tiempos de cancelación, sensibilidad tóxica e inquisición hipster.
No hay bronca marital, desacuerdo entre políticos o negociantes, o situación personal deplorable, que no se aliviane con un chiste o con una broma. En alguna ocasión, mi difunta esposa y yo pasábamos por una crisis matrimonial (que por suerte superamos). Un día, se sujetó la frente con la mano y dijo: “¿Nos vamos a divorciar? ¿Te imaginas la plata que se irá en pagarle la terapia a nuestros seguidores en Twitter?”.
Su humor era inmejorable. En una reunión, se acercó a saludar a una amiga; que creía a la espera de alumbrar a su primer bebé. Cuando le preguntó cuándo nacería el guagua, ella le contestó que su hijo había nacido hace tres meses. “¡Aj, tranquila querida!”, le contestó mi esposa, “el embarazo nos hace mierda a todas”.
Interpreto como algo sano rodearme de personas capaces de hacer, entender y recibir buenas bromas. Vinculo dicha capacidad con la inteligencia. Siempre asoma algún personaje, que disfraza su estupidez de sensibilidad.
Cierto es que en las bromas existe una dosis de caricaturización o disminución del otro. Pero no se debe olvidar, que los roles siempre dan vueltas; y que -tarde o temprano- el bromista se terminará convirtiendo en víctima de otra broma. Se trata entonces de la interacción social más democrática; en la cual, las revoluciones no tienen cabida.
Quizá por eso, las tiranías de cualquier tendencia ideológica han tenido problemas con el humor en general; y con las bromas de manera específica. La gran ironía de esto es que dichos controles sobre las bromas suelen terminar en más bromas. Sólo así podemos explicarnos cosas como la frase “el humor es algo serio”.
Y es que la broma sí es un instrumento peligroso para quienes ejercen el poder. También lo es para aquellos que no desean lidiar con la magnitud de su insignificancia. Nos duele que todo lo insignificante en nosotros tenga un sabor a broma.
Vivimos sobre una roca, que vuela a 29,8 kilómetros por segundo; alrededor de una estrella que avanza a 230 kilómetros por segundo en torno al corazón de una galaxia. Luego de tan contundente revelación, ¿Cómo se puede tomar uno en serio su trabajo, su vida amorosa, sus logros profesionales; cuando descubrimos que somos las caquitas de mosquito del sistema solar?
Al no poder asimilar el sinsentido de nuestra existencia según la ciencia, muchos optan por la broma de las creencias antiguas: creer y adorar a un ser supremo, creador de todo lo que existe. Quizás voy a decir esto desde las limitaciones que implican ser un no creyente, pero no me pueden a negar, que creer más en lo invisible que en lo visible, sí provoca -al menos- una leve sonrisa en el rostro.
Sin bromas, nuestras vidas se vuelven más miserables; y hay mucho de madurez en asimilar la broma que somos y que vivimos. Las bromas son la puerta al deleite de lo bello y lo devastador. Esto lo explica de manera clara e inapelable una frase de Edmond Rostand: “Vivir es fácil; la comedia es difícil”.

