Escucha la columna
Decía Woody Allen que tenía fobia a entrar. Así como lo leen. A entrar a las reuniones, a las fiestas, a los conciertos. ¿Cómo se debe saludar? ¿Con beso? ¿Sin beso? ¿Con dos besos? Estas cosas parecen normales para la mayoría, pero hay un puñado de personas (no las etiquetaré como TDAH, TDH, TA o THC, aunque tal vez haya algo de eso, o todo) que no tenemos idea de cómo funciona el mundo. Y no me refiero a las leyes gravitacionales o al sentido de la existencia, sino a cómo se abre una puerta eléctrica, cuánto tiempo hay que sostener contacto visual antes de parecer seductora o psicópata, o en qué momento exacto de una videollamada se supone que una debe empezar a despedirse.
Dice Allen que, por evadir socializar, incluso llegó a salir por la ventana de una casa ajena. Fue a dar directo a la calle y las personas que estaban afuera y lo vieron descender del muro como el hombre araña creyeron que era un ladrón y terminaron llamando a la policía. Se puede acabar preso por no saber integrarse a un grupo. De hecho, se puede morir, en eso se basa la teoría de la evolución: sobrevive el que se adapta.
Yo no solo tengo fobia a entrar, sino también a salir, a estar y a existir. Desde adolescente he sufrido de alergia humana. Me aterraba, por ejemplo, encontrarme a un conocido en la calle, más aún si yo estaba con otra persona. ¿Cómo los presento? ¿Cómo manejo ese momento incómodo de la despedida? ¿Con el clásico “¡asomarás!”, aunque muchas veces —no siempre— ambas partes sepan perfectamente que no van a asomar jamás?
Sé que son “nimiedades” pero el problema es que, por este tipo de angustias sociales, he terminado haciendo cosas raras, realmente raras. Como, por ejemplo, esconder la cara en un árbol. Veía venir a alguien a quien no quería saludar —no era personal; no quería saludar con ningún conocido; bueno, tampoco con ningún desconocido; de hecho, con ningún ser humano—, y entonces lo que hacía era girar abruptamente la cabeza y, como quien cree que puede tapar el sol con un dedo, terminaba enterrándola, cual avestruz, en un arbusto.
El conocido estaba a milímetros, mirándome extrañado. Quizá venía dispuesto a darme un abrazo de afecto genuino. Imagino que se habrá quedado desconcertado ante mi comportamiento, tan… sui géneris. Por un momento pensé en dejar mi cara dentro del árbol hasta que el sujeto se cansara y se fuera, pero el destino insistía en que yo enfrentara la situación. Así que saqué la cara del árbol, y, llena de ramas y palos, me tocó saludar.
Las cosas no han cambiado mucho con el tiempo. En plena adultez, los códigos sociales siguen siendo un misterio para mí. Cuando me voy de un lugar me digo a mí misma: “Vamos, sé normal, tú puedes, solo debes despedirte y salir, ya falta poco para llegar a la puerta”. Pero justo ahí me tropiezo, se me cae el celular o se me ocurre decir algo random. Una vez, después de una clase de gimnasia, mientras pensaba que para ser normal lo mejor sería no hablar y sonreír discretamente, terminé poniéndome los zapatos de una compañera en lugar de los míos. En otra ocasión, cuando ya había triunfado después de salir de la Secretaría de la universidad sin ningún contratiempo, ya en la casa me di cuenta de que me había llevado la agenda de la secretaria.
Ya no quiero ser ese personaje, me digo. Quiero ser normal. Hablar normal, decir cosas normales, opinar coherentemente sobre el panorama político y el clima. Quizá si me esfuerzo y contrato un coach, lo logre, pero si lo hago, dejaría de ser yo.


