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El pasado llegó a mi cajita de collares. ¿Cómo puede un olor viajar y acomodarse entre ciertos objetos y otros no?, ¿por qué, por ejemplo, no se ha impregnado sobre mi camiseta de David Bowie, y eligió, como si supiera de asuntos de vejez, el cofre de collares? El olor a pasado, a historia, ese aroma rancio acompañado de cierto perfume dulce; no es desagradable, es añejo; se impregna en la piel, debajo de las uñas, en las esquinas de las almohadas. ¿Violetas? Algo así como el verano a punto de morir.
Ahora mi cofre se ha convertido en la nueva versión del cofre de mi abuela. Pienso en su cómoda de madera, en el cofre de las joyas, el de los rosarios, el de las pastillas y el de las piedras preciosas, esas con formas raras, que imaginaba vendrían de India o algún país caliente y en tonos sepia. O tal vez las piedritas mágicas habrían venido del fondo del mar. Pero lo cierto es que no venían de afuera, sino de adentro: eran los cálculos biliares que ella coleccionaba en uno de sus cofres. Yo los veía, los analizaba, los olía mientras pensaba cómo sería su vida dentro del cuerpo de mi abuela. Cuando dormía con ella, me llamaban la atención sus uñas largas y endurecidas, transparentes y moradas, amarillas en las puntas; también miraba las venas en sus brazos, venas finas y azules o verdes, del color del mar, ¿no se suponía que la sangre era roja? Las venas nos hacían frágiles, aprendí de la fragilidad al ver las venas de mi abuela.
Pienso en su velador de madera con la Biblia, las cobijas de lana, las almohadas —que aún existen y tienen bolas y huecos—, en ese Cristo colgado en la pared, con las heridas abiertas, que tanto me asustaba. Vuelvo al cofre de cerámica despidiendo ese olor, que no sé por qué me trae la imagen de un útero violeta que desprende sangre muerta. El olor de eso que contiene cuerpos inertes y los conserva. El olor que se esfuerza en conservar. ¿Es un olor a vida o es un olor a muerte? Tiene de ambos, como el agua de las flores en el cementerio.
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