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¡Que viva la Navidad!
No sé si creíamos en Dios. Mi abuelita sí creía. El ritual empezaba un mes antes: hacer el árbol, preparar las funditas de caramelos, construir ese nacimiento enorme en casa de mi tía, en la que cada año celebrábamos la Navidad. Llegaba ese espíritu, esa ilusión: el olor a musgo y a pino, el sabor del mango, el olor del pavo, las estrellitas de Navidad. Cuando veía los autos de mis primos parqueados afuera de la casa de mi tía, el corazón me empezaba a latir. Y creo que ese es uno de los recuerdos más felices de mi niñez.
Alguna vez fuimos una familia grande. Demasiado grande. Cantábamos villancicos, jugábamos al amigo secreto, los niños corríamos por los varios pisos de la casa, los adolescentes se sentaban en las gradas (fingiendo aburrimiento) y los adultos tomaban algún trago en la sala. Sospecho que cada uno —ya sea en las escaleras o en la sala— guardaba la misma dosis de felicidad. Y con el tiempo los roles mutaban, los antes niños pasaban a las escaleras, los adolescentes a la sala y nuevos niños correteaban por la casa… Mi mayor miedo en ese entonces era que algún día dejara de gustarme la Navidad, el día que llegara a preferir la ropa a los juguetes sería el principio del fin.
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