(O el derecho de ejercer el deseo)
Algunas noches, como juego para conciliar el sueño, me visualizo en algún pueblito tomando un café y escribiendo en un cuaderno. Se trata de la fantasía que ronda en mi cabeza de esposa y madre: hacer un viaje sola. No comparto mi fantasía con nadie. Es una fantasía culposa. Incluso, en ocasiones, he llegado a incluir a mi esposo y mi hijo en mis paseos imaginarios, para no sentirme tan egoísta. Pero… ¿en serio se trata de egoísmo?, ¿no será más bien la necesidad de una pausa necesaria para encontrarme conmigo misma? Mientras me hago estas preguntas, me llega una imagen, quizá una forma de ensoñación: hay luz, hay agua, hay piedras; hay también una voz que repite una frase: el viaje, hay que hacer el viaje.
¿Qué me impide hacerlo?, ¿el miedo?, ¿la culpa?, ¿la idea de que a mis familiares les parecerá una locura y pondrán el grito en el cielo? Claro que en el pasado he viajado “sola”. Pero la diferencia es que esas aventuras han llegado disfrazadas de trabajo. He ido a festivales, encuentros, residencias, etc., y esas invitaciones han sido la justificación de mis viajes. Cómo no te vas a ir, cómo te vas a perder la oportunidad, no es por ti, es por tu profesión y, por lo tanto, es por el bien de todos.
Esta vez es diferente. Quiero viajar por viajar. ¿Tengo derecho a hacerlo?
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