La certeza llega a las cuatro de la mañana, cuando de la nada abro los ojos y, todavía medio dormida, lo entiendo: todo acabará. Tarde o temprano se aflojará la piel, se caerán los dientes, nos comerán los gusanos. ¿Cómo es que estoy tan tranquila? De hecho, no lo estoy. Pero los seres humanos tenemos la maravillosa capacidad de asistir a funerales y después pensar en qué color de cortinas combinaría mejor con la alfombra.
Por causa de la certeza, algunas personas pierden las palabras. Dejan de hablar, de sonreír, de responder. La interacción humana ya no tiene sentido. Es como si se hubieran convertido en plantas. Yo también he sido planta, planta larga y taciturna. Más tronco que hoja, con ramas angulosas. Seca por dentro, con la misma ropa y el cigarrillo haciéndose cenizas entre los dedos.
Decía mi madre que un “buen” día mi abuela ya no encontraba un lugar dentro de su propia casa. Decía que llegaba al comedor, dispuesta a sentarse, pero entendía que su puesto ya no era su puesto, daba un giro absurdo, se regresaba a la cocina, pero en la cocina tampoco había objetivo, entonces se iba al patio a regar las plantas, abría la ventana, prendía la hornilla, cerraba la ventana, apagaba la hornilla, subía al cuarto, bajaba a la sala. Nada que hacer: el espacio ya no era habitable. Perder la casa. Perder el cuerpo. Perder el encanto por la vida. Perder el canto.
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