¿Existe la “mala racha”? Soy la persona más supersticiosa que existe. Nunca abro un paraguas dentro de casa, jamás paso debajo de una escalera y rezo cada noche para que no aparezca una tandacucha negra en la puerta de mi casa. A esto, súmenle los TOC (trastorno obsesivo compulsivo), prender y apagar la luz veinte veces para salvar a la familia, no pisar las líneas negras o dudar mucho para elegir un caramelo igual a otro.
Tal vez me equivoqué y pisé las rayas negras o no prendí y apagué la luz las suficientes veces, pues, desde hace un tiempo, una nube negra me persigue adonde voy. El viento sopla en contra. Obtener un pequeño logro se vuelve una tarea apoteósica. Después de atravesar varias crisis de angustia, enfermedades reales e imaginarias, invasión de insectos en la casa, multas, débitos no autorizados y otros males que no creo que sea de buena suerte nombrar, he ido a parar al psicólogo, al astrólogo, al psiquiatra, al homeópata y al shamán, pero siempre me queda la oscura sensación de que, cada vez que hago algo de esto, las cosas se ponen peor. Cuando salgo a caminar veinte minutos, cae un diluvio. Cuando medito, se cae el techo. Cuando arreglo la casa y prendo una vela, se viene la hecatombe. Como cuando fuimos con toda mi familia a hacernos una limpia energética y cruzamos la ciudad para llegar a la casa de una curandera. Pero después de que nos hizo enlluchar y nos sopló el trago en la piel, solo nos dio gripe, y unas semanas después, justo un día en el que iba en el carro repitiendo mantras de autoayuda y convenciéndome de que este sí sería un buen día, los señores policías me detuvieron por tener un rasguño en el parabrisas. Tras discutir con el oficial y negarme a ofrecerle plata, llegaron mis familiares y entre todos hicimos una escena memorable que incluyó llanto, intentos de desmayo y parálisis facial. Nada dio resultado. Los policías se llevaron el carro y mis familiares me hablaron por no haber tenido una actitud más apropiada para la situación.
Sintiéndome culpable por haber casi perdido la razón en aquella escena con el oficial, decidí enfrentar la situación venidera con una “actitud estoica”. Me juré a mí misma jamás volver a alterarme frente a otra persona e intentar recordar siempre la máxima: “Amarás al prójimo”. Llegué a la Fiscalía dispuesta a resolver cada trámite con mente positiva. Me topé con que, después de seis días del incidente, no habían subido aún el parte y tampoco se reflejaba la multa en el sistema, así que era imposible pagarla. Me recomendaron adelantar las cosas haciendo una carta. Llevé dos veces la carta y me mandaron a cambiarla por cosas que no me supieron explicar con claridad. Respirando en tres tiempos, me dirigí al ciber a redactar la carta por tercera vez; para proceder solo necesitaba conectar mi laptop a Internet. Conectarla no podía ser nada del otro mundo. Cuando me dieron la clave descubrí que tenía un asterisco, símbolo que no está disponible en el teclado de mi Mac. Probé shift más 2, control más 0, command más _. Nada. Me negué a ver un tutorial porque no hay nada en el mundo que me provoque más ansiedad que ver un tutorial. Mientras maldecía al inventor del teclado Mac, seguí probando combinaciones y solo conseguí plagar todos mis textos de Word con un símbolo raro parecido a una P, que, al igual que un virus, lo dañaba todo. Todo. No podía ser posible que, tras no haber explotado ante las caras rancias de los burócratas y sus ambiguas indicaciones, fuera a colapsar por un asterisco. Pero así fue, un pinche asterisco me sacó de mis casillas y, aunque me había jurado que no iba a llorar, lloré.
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