Sé de madres que peinan a sus hijas con agua de piña mientras escuchan sus interminables relatos sobre causas inútiles. Hazañas heroicas sobre cómo se cortaron la punta del dedo picando cebolla o resúmenes (nada resumidos) de películas enteras. Estas madres, en lugar de huir o cambiar de tema, fingen alegrarse en las “partes alegres”, entristecerse en las “partes tristes” y sorprenderse en el “final sorprendente” (que ya han escuchado más de cien veces, por supuesto).
Sé de padres que no aprendieron a hablar de sentimientos con sus hijos, pero aún pueden hablar del carro. Y extienden las conversaciones sobre el freno de mano, el cambio de aceite, la renovación de la matrícula lo más que pueden porque se han dado cuenta de que también pueden ser formas invisibles del amor.
Sé de amantes que se pelean a dentelladas por las mañanas, pero que hablan otro idioma en los sueños. Como en esa película, Past Lives, donde un hombre teme perder a su esposa porque le escucha soñar en otro idioma, un idioma ajeno a él y que ella no habla en vigilia, aunque es su primer idioma, una lengua que comparte con su primer amor de infancia y que es la misma en la que sueña, la lengua materna.
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